El 2 de mayo fue el inicio de la Guerra de la Independencia que se prolongó durante 6 años (1808-1814). Debido al secuestro de la familia real, las autoridades políticas y militares fueron creando Juntas Provinciales y llamando a la rebelión popular.

El nuevo régimen frances.

Tras las abdicaciones de Bayona, Napoleón creyó llegado el momento de poner en práctica la introducción de la dinastía Bonaparte en el trono de España. El emperador obligó a su hermano mayor José, rey de Nápoles, a que aceptara la Corona española, considerándola como una promoción por ser una nación más rica y con mayor población.

Napoleón intentó por todos los medios que la cesión de la Corona aparentase ser un deseo de condescendencia ante los deseos de los españoles. De ahí que recomendase viva y expresamente a su cuñado que consiguiese el apoyo de todas las instituciones españolas.

El emperador quiso presentarse ante el pueblo español como el reformador que cambiaría una monarquía vieja y viciada por otra nueva y prestigiosa que haría posible la prosperidad del país, la felicidad de todos, las sanas reformas tanto tiempo anheladas y el fin de una era de miserias y de injusticias. Se trata, por tanto, no sólo de un cambio dinástico, sino también un cambio de régimen.

 

La constitución de Bayona.

Para justificar jurídicamente el cambio dinástico, Napoleón hizo suya la idea del ministro Azanza de reunir una Junta de Notables, a modo de Cortes, que en nombre del pueblo español aprobase el traspaso de la Corona. Ordenaron que el 15 de junio se reuniese en la ciudad francesa de Bayona una diputación general de 150 miembros en representación de los tres brazos: clero, nobleza y estado llano, a fin de indicar todos los males que el antiguo sistema había ocasionado y de proponer las medidas necesarias para su remedio.

Bayona

El que la reunión tuviera lugar en territorio francés fua a todas luces un desacierto, pero se comprende porque Napoleón estimaba escandaloso penetrar en España para imponer desde aquí su voluntad y porque, además, no quería perder de vista a los futuros asambleístas, tanto que las reuniones se celebraron a escasos cientos de metros de su residencia.

Diez días antes de la apertura de la Asamblea, solamente había llegado a Bayona un 17% de los diputados, pues muchos de los nombrados se negaron a asistir, a veces aduciendo enfermedades inexistentes, mientras que la mayor parte vino a la fuerza o ante el miedo a perder sus cargos. Ante el temor de tener que renunciar a la celebración de la Asamblea debido al escaso número de representantes, se tuvo que nombrar unos nuevos, llegándose a repartir credenciales entre los españoles residentes en Bayona.

Por fin, y con la asistencia de 65 “notables”, de los que sólo 42 presentaban poderes en regla, pudo inaugurarse la “Junta Española en Bayona”. Posteriormente se sumaron algunos más, hasta alcanzar la cifra de 91 en la sesión final del 7 de julio. Toda la historiografía está de acuerdo en considerar que la Asamblea constituyó en el fondo un fracaso de Napoleón, no siendo más que una agrupación de individuos que únicamente se representaban a sí mismos, pero en ningún momento a la nación española.

Las doce sesiones que se celebraron en el palacio del Obispado Viejo fueron presididas por Miguel José de Azanza.

Inmediatamente se vió que la finalidad de la Asamblea no era la de proponer soluciones y reformas a los males de la patria, sino pura y exclusivamente la de aprobar obedientemente una Constitución redactada fuera de ella. Tanto es así que en sólo nueve sesiones se examinó, discutió y aprobó un texto de 146 artículos que, como indica Mercader Riba, hay que considerar como una carta libremente otorgada por el monarca y no como una Constitución discutida y aprobada por una Asamblea constituyente.

Constitución de Bayona, 1808

El texto de la Constitución establecía un sistema político bastante autoritario. Para la situación política española, la Constitución era considerada tan avanzada que se dio la fecha de 1813 como plazo para su completa aplicación.

La Constitución de Bayona, que pudo haber sido un camino hacia una España más liberal y moderna, no se aplicó apenas, sólo a intervalos y con la protección de las tropas francesas, y la mayor parte de los españoles ni siquiera se enteraron de su existencia.

 

El primer reinado de José I

Aunque Napoleón publicó el 4 de junio el nombramiento de su hermano mayor como rey de España, el reinado de José I comenzó oficialmente el 8 de julio de 1808, después de jurar la nueva Constitución y de recibir, acto seguido, el juramento de fidelidad de los componentes de la junta española de Bayona.

Retrato de José Bonaparte, rey de España durante la Guerra de la Independencia, pintado por J. Flaugier. (Museo Municipal, Madrid)

A punto de cumplir los cuarenta años de edad, el nuevo monarca era una persona apuesta, había estudiado leyes y ejercido el comercio en Marsella para sostener a toda su familia; poseía un carácter benévolo y una instrucción que le hacía disfrutar de la literatura y de las artes.

En contra de lo dicho por la propaganda patriótica, no era tuerto, ni borracho ni jugador, aunque sí amante de la vida suntuosa y cómoda.

Obediente a los designios de su hermano, que le había ordenado que se instalara inmediatamente en Madrid,  José I se puso en camino acompañado por un séquito formado por varios de los que le habían reconocido en Bayona y con la intención de gobernar benévolamente para poder asegurarse un lugar respetable en la historia de su nuevo país. Sin embargo, los españoles mostraron hacia él una hostilidad que se manifestó palpablemente en el sombrío recibimiento que el pueblo de Madrid dispensó el 20 de julio al “rey intruso”. Un recibimiento tan sombrío y glacial que pudo escribir a su hermano: “Enrique IV tenía un partido, Felipe V no tenía sino un competidor que combatir, y yo tengo por enemigo una nación de doce millones de habitantes, bravos y exasperados hasta el extremo”.

Su política se basaba en atraerse a sus súbditos sedicentes por medio de reformas ilustradas, realizando una intensa actividad propagandística que mostraba la inutilidad de una resistencia armada, en lugar de infundir el pánico como había hecho Murat en Madrid, o de aniquilarlos, como prometía Napoleón, sobre todo después de la batalla de Medina de Rioseco.

El 1 de agosto el rey y su gobierno abandonaron apresuradamente Madrid presos del pánico producido al confirmarse la derrota francesa en Bailén.

 

Los afrancesados.

A todos los españoles se les planteó el problema de definirse ante el nuevo régimen; los que lo aceptaron recibieron posteriormente el nombre de “josefinos” o “afrancesados”.

Afrancesados son aquellas personas que durante la Guerra de la Independencia colaboraron con el poder francés, ocuparon cargos en el gobierno intruso o juraron fidelidad al nuevo monarca, José I.

Los primeros afrancesados fueron los españoles que acudieron a la Junta de Bayona, sancionaron la Constitución dada por Napoleón y juraron fidelidad al nuevo monarca. Este conjunto de josefinos aumentó considerablemente cuando, en octubre de 1808, se exigió el juramento de fidelidad con carácter obligatorio a todos los funcionarios de la nueva Administración.

Entre estos juramentados se puede distinguir a los colaboracionistas activos y los pasivos, según participasen de forma entusiástica en el gobierno josefino o lo acatasen con más o menos estoicismo. Lógicamente son estos últimos los más numerosos cuantitativamente, aunque cualitativamente no tuvieron gran importancia, ya que en ningún momento constituyeron una clase política. Al hablar de afrancesamiento conviene centrar el tema en los colaboracionistas activos: el grupo de militares, políticos e intelectuales que conscientemente optaron por la dinastía francesa como el conde de Cabarrús, el sacerdote Juan Antonio Llorente o el dramaturgo Leandro Fernández de Moratín.

Conde de Cabarrus

Juan Antonio Llorente

Leandro Fenández de Moratín

Los juristas napoleónicos redactaron la Constitución de Bayona que introducía los principios liberales en España. Entre otras medidas modernizadoras que contenía la ley figuraban la supresión de privilegios, el decreto de inviolabilidad del domicilio, la libertad de movimientos y la promesa de una pronta libertad de imprenta. En decretos posteriores impulsados por Napoleón se aboliría la Inquisición y el régimen señorial y reducirían el número de conventos con intención de ganarse a la población.

Todas estas medidas rompían con el Antiguo Régimen, y muchos españoles ilustrados vieron en la nueva monarquía y sus principios un indiscutible avance en el terreno de la libertad y el progreso. A estos españoles se les tildó despectivamente de “afrancesados”. Su número fue importante, unas 50.000 personas. Pero más importante fue su éxodo, ya que, tuvieron que huir junto con los franceses por temor a represalias. Representaban una buena parte de la elite intelectual y profesional del país, lo que provocó una grave pérdida de la que España nunca se repuso del todo. En cambio, la mayor parte de las gentes, los campesinos y los trabajadores urbanos, no valoró o no supo ver de qué modo las nuevas leyes francesas podían mejorar su nivel de vida.

Goya fue uno de los que trató de mantener un difícil equilibrio entre sus convicciones liberales y su lealtad a su país y a su rey Fernando, al tiempo que denunciaba los excesos del ambos bandos en una guerra que le horrorizó tanto como le inspiró. Retratista de Carlos IV y Fernando VII, mantuvo su cargo de pintor de la corte con José I, y siguió en ese mismo puesto tras la vuelta de Fernando VII, aun siendo acusado de afrancesado. Su situación se hizo cada vez más incómoda hasta que años después, tuvo que abandonar España.

Los patriotas.

En el bando opuesto a los franceses había mucha heterogeneidad. Había en él ilustrados partidarios de las reformas y de las libertades, pero opuestos a la invasión gala y a la imposición de una nueva dinastía extranjera. También los había que, por salvar el pellejo y el cargo, se arrimaron a los nuevos poderes surgidos donde les habían sorprendido la guerra. Hay que tener en cuenta que el populacho no vacilaba en linchar a aquellos generales que no se habían mostrado muy entusiastas con la rebelión contra los franceses. Pero los impulsores más activos de la revuelta antifrancesa se hallaban en la Iglesia y en sectores de la nobleza, para quienes la Constitución de Bayona constituía una clara amenaza para sus privilegios.

El clero.

Fue el clero a quien le correspondió el papel protagonista en la agitación social. La mayor parte de los prelados del país y casi todo el clero menor, con los curas de pueblo a la cabeza, se sumaron con ardor a la revuelta. Llamaron a la población a matar franceses, herejes al fin y al cabo, en un ambiente de cruzada: “¡La Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa¡”, se exclamaba.

 

El componente fanático e ideológico del clero convirtió la guerra en un conflicto que dividió por primera vez a los españoles por la manera de interpretar la religión. Surgió la estampa del cura con trabuco y crucifijo que mataba franceses y traidores afrancesados. Lo más grave fue que la beligerancia que se desató contra todo francés por parte de este clero tendría su continuidad en la persecución, años después, de los liberales. Se iniciaba así un protagonismo político de la Iglesia muy acusado a favor del absolutismo y que se prolongaría en las guerras carlistas. Esto provocaría a su vez, en sentido contrario, otra de las constantes más dramáticas de la historia contemporánea española: el violento anticlericalismo de las masas liberales, que más tarde se trasladaría al movimiento obrero.

 

La guerra.

Cuando estalla la guerra, Francia tiene en España unos 110.000 hombres bajo del mando del mariscal Murat, a los que se sumarían más tarde otros 50.ooo. Tras la insurrección de mayo, se desplegaron rápidamente para controlar buen número de ciudades y puntos clave.

Mariscal Murat

Por otra parte, el ejército español que se une a la rebelión no excede de los 60.000 hombres, de los que sólo la mitad estaban correctamente equipados y adiestrados. Sus medios bélicos eran pésimos. La caballería, por ejemplo, con 16.800 miembros teóricos, sólo disponía de 9.000 monturas. Igual de lamentables eran sus equipos. Destacaba la falta de uniformes y, sobre todo, de calzado, y lo mismo puede decirse de la alimentación y los medios sanitarios. Sólo la ayuda británica, años después, podrá subsanar estas carencias. El duque de Wellington se escandalizó de la incompetencia de los generales españoles, cuya profesionalidad dejaba a sus ojos mucho que desear.

Duque de Wellington

El alzamiento en las zonas no dominadas por los franceses fue considerado por Murat como mera repetición de lo acontecido el 2 de mayo en Madrid; es decir, brotes aislados de rebelión fáciles de sofocar si se daba a la represión militar el carácter de una simple acción policial. Las tropas españolas estaban dispersas y desorganizadas, y no parecía difícil escarmentar a los civiles, como ya se había hecho en Madrid. Napoleón, mal informado sobre la naturaleza del conflicto debido a los optimistas partes que recibía de Murat, trazó un plan sobre dos bases de operaciones: Álava y Madrid, desde donde se haría un despliegue en abanico que debería dominar la mitad norte y la mitad sur de la Península, respectivamente.

Desde la propia capital del reino, salieron dos columnas dirigidas por Dupont y Moncey que debían dominar Andalucía y el Levante. El mariscal Moncey, con menos de 10.000 hombres, llegó el 28 de junio a Valencia, donde la Junta Suprema de ese reino había llevado a cabo todo lo necesario para la defensa de la capital. Después de perder más de mil hombres y al saber que no podía recibir refuerzos de Cataluña porque todo el litoral se había alzado en armas, Moncey emprendió la retirada por el camino de Almansa.

 

Moncey

 

Muchos generales comenzaron a competir con las juntas provinciales para acaparar el control y lograr de paso ascensos y sustanciosos aumentos de sueldo. Su ambición de convertirse en reyezuelos les llevó a enfrentarse entre ellos e incluso a rebelarse contra las juntas y disolverlas. Su mentalidad guerrera estaba anclada en el pasado y su preparación técnica brillaba por su ausencia.

A pesar de todas estas carencias, el entusiasmo patriótico hizo que al principio miles de voluntarios se alistasen en el ejército y provocó que los franceses tiviesen dificultades para hacerse con varias ciudades. Rioseco fue la primera batalla campal en la que se enfrentaron el ejército español y el francés, con victoria de éstos últimos, a pesar de la inferioridad numérica. En esta batalla ya se demostró la inoperancia del ejército español lastrado por la rivalidad entre los generales Cuesta y Joaquín Blake, incapaces de coordinarse en la batalla y compitiendo por ver quién ostentaba el mando supremo. A los pocos días, José I entraba en Madrid.

 

Bailén.

El mariscal Dupont se dirigió desde Toledo hacia el Sur, avanzando tan deprisa que dejó sin controlar el terreno que quedaba a su retaguardia. Dupont iba camino de Cádiz para socorrer a una escuadra bloqueada por los ingleses. Se detienen diez días para saquear Córdoba. En el puente de Alcolea el general Echávarri, con más de 10.000 voluntarios civiles, pretendió defender Córdoba, pero al enfrentarse con los franceses la totalidad de las fuerzas españolas fueron puestas en fuga en cuestión de minutos y se dispersaron sin intentar reagruparse. Los franceses entraron en Córdoba sin ninguna dificultad y sin ningún respeto hacia la vida o la propiedad de sus habitantes: durante diez días saquearon la ciudad, violaron mujeres y mataron a docenas de ciudadanos. La indignación al saberse las noticias de la actuación francesa originó el levantamiento general de todos los pueblos de la comarca. La guerra tenía ya un carácter brutal por ambos bandos.

Mariscal Dupont

Ante las dificultades para avanzar, y habiéndole llegado la noticia de la rendición de sus barcos, el ejército francés decide retroceder hacía el norte bajo el mando del general Dupont. La vuelta es dura. El cansancio y la sed hace estragos en sus filas. Sin menospreciar el valor de los soldados españoles, los movimientos franceses fueron erróneos y propiciaron la dispersión de sus fuerzas a lo largo de muchos kilómetros, lo que favoreció su derrota en Bailén al mando del general Teodoro Reding, general suizo al servicio de España y del general Castaños.

General Castaños

El general Castaños, gobernador militar del Campo de Gibraltar, que contaba con sus tropas regulares, un numeroso cuerpo de voluntarios y el refuerzo procedente de Granada, cerró al francés la retirada de Despeñaperros, al tiempo que contraatacaba en Bailén. La actuación de Dupont fue un modelo de indecisión y de lentitud, debida esta última, en parte, al botín recogido en Córdoba, que era transportado en quinientos carros. El 19 de julio comenzó la batalla, que finalizó el 22 con la capitulación de todas las tropas francesas.

La rendición de Bailén

Bailén tuvo numerosas consecuencias. Psicológicamente originó una nueva esperanza, un enorme entusiasmo general que aumentó todavía más al conocerse la resistencia mostrada por los habitantes de Zaragoza y Gerona.

Tras la derrota de Bailén, José I tuvo que retirarse de Madrid el 31 de julio, con los pocos fieles que le quedaban, para replegarse primero a Burgos y posteriormente a Vitoria. Mientras el ejército francés se replegó a la orilla norte del Ebro, por miedo a ver cortadas las comunicaciones con Francia. En ese momento reinaba un ambiente de euforia y se tenía la sensación de que expulsar a los franceses era cosa de pocas semanas.

 

Napoleón en España.

Pero Napoleón reacciona y, entró en España en el mes de noviembre al mando de unos 150.000 veteranos (llegan a sumar un total de 325.000 hombres en España). Bonaparte derrota a todos los ejércitos que se le ponen por delante y deja en evidencia, otra vez, las carencias de los españoles. Como vemos, la alegría de la victoria duró pocos meses, porque la unidad del poder político no estuvo acompañada de un mando único militar ni de una auténtica previsión de un plan coordinado de defensa.

 

Por otro lado, la Junta Central sigue sin ponerse de acuerdo en dirigir la guerra. Los distintos generales piensan más en el beneficio y poder propio que en la causa común. Mientras tanto en el ejército español se suceden deserciones en masa. El entusiasmo patriótico inicial iba desapareciendo con el avance de Napoleón. José I vuelve a Madrid a finales de 1808.

En menos de un mes Napoleón Bonaparte había dispersado a lo mejor del Ejército español, aunque no había logrado una victoria espectacular. Entró en Madrid el 2 de diciembre, tercer aniversario de la famosa batalla de Austerlitz. Aún antes de entrar en la ciudad, Napoleón, en pleno ejercicio de sus derechos de conquista, dictó desde el campamento imperial de Chamartín cuatro decretos.

Estos decretos se corresponden con una mentalidad ilustrada, tanto en lo económico como en lo religioso, y estaban encaminados a la “regeneración de España”, asegurando “su grandeza y prosperidad” en el marco de una Constitución liberal que proporcionaría una monarquía templada y constitucional en lugar de una monarquía absoluta. No consiguieron, sin embargo, aumentar los adeptos al gobierno de José I porque, dictados por el propio emperador, fueron considerados por la gran mayoría como una injerencia extranjera, aumentando, por tanto, la xenofobia existente.

Desde el punto de vista religioso, fueron un poderoso argumento para que la mayor parte del clero predicase una auténtica cruzada contra ateos, antirreligiosos y demoníacos franceses.

Usando también el derecho de conquista, Napoleón cedió de nuevo la Corona a su hermano y con la amenaza de convertir las provincias españolas en departamentos franceses, obligó a los madrileños a prestar fidelidad al rey José.

 

La noticia recibida el 19 de diciembre mientras pasaba revista a la guardia imperial, de la presencia de un ejército inglés, mandado por John Moore, que desde Portugal había penetrado por Salamanca y se dirigía hacia Valladolid, intentando interceptar su retaguardia, obligó al emperador francés a abandonar la idea de adentrarse más en el país y a tomar una de sus fulminantes y arriesgadas decisiones: cruzar el puerto de Guadarrama, totalmente cubierto de nieve, y caer por sorpresa sobre los ingleses. Moore, que no quiso, por prudencia, emprender un choque frontal, inició una penosa y dramática retirada hacia La Coruña, seguido muy de cerca por las tropas francesas. En Astorga, Napoleón recibió noticias de París sobre el rearme de Austria. Ante la gravedad de las noticias, abandonó España dejando a los generales Nicolas Soult y Ney que derrotaran a los ingleses, como efectivamente hicieron en La Coruña el 16 de enero, obligándolos a reembarcarse.

Durante todo el 1809 y 1810 la guerra fue larga. Sólo la efectiva dirección de la guerra a cargo del británico Wellington a partir de 1812 propició el encuadramiento de nuevas unidades españolas, que actuaron bajo su dirección y junto a tropas británicas y portuguesas. Esto permitió la victoria final sobre los galos dos años después.

 

La guerrilla.

La situación a principios de 1809, tras la campaña napoleónica, mostraba que la mayor parte de la mitad norte de España se encontraba bajo control francés. Las tropas españolas estaban totalmente desorganizadas y apenas quedaban 100.000 soldados en pie de combate. Es en este momento cuando aparece de forma generalizada un conjunto de bandas armadas. Éstas, rehuyendo las acciones campales, realizaban pequeñas operaciones dispersas que hacían intolerable la vida a las fuerzas de ocupación. Los franceses comenzaron a llamar a esa forma de combatir “la petite guerre” de donde, al parecer, vino la palabra española “guerrilla”. En enero de 1809 suenan ya los nombres del cura Merino y del carbonero Juan Martín, El empecinado”; en febrero, Mariano Renovales, y en marzo, Francisco Espoz y Mina.

Cura Merino

El Empecinado

Mariano Renovales

Francisco Espoz y Mina

Las guerrillas significaron la mayor participación popular en la guerra, la expresión de una mentalidad colectiva de lucha a muerte contra el invasor ante el que no cabe ni perdón ni el compromiso caballeresco sino sólo el odio integral.

Esta acción dinámica nunca se lleva a cabo en un enfrentamiento en campo abierto contra todo un cuerpo de ejército enemigo, sino que se buscan las pequeñas escaramuzas, los amagos y las emboscadas, aprovechando el perfecto conocimiento del terreno y la carencia de problemas logísticos de abastecimiento y comunicaciones. Para ello se contaba con el apoyo incondicional de la población civil.

La máxima concentración se dio en zonas montañosas, como en las estribaciones pirenaicas, y en las cercanías de las vías de comunicación.

Las guerrillas consiguieron tres resultados importantes: por un lado, obstaculizaron las comunicaciones entre los ejércitos franceses; las órdenes de Napoleón llegaron a tardar cuarenta y un días en llegar de París a Madrid, e incluso consiguieron cortarlas. En segundo lugar, fueron una valiosa fuente de información para los militares aliados; nada más acabar la batalla de Talavera, por ejemplo, Arthur Wellesley, duque de Wellington, se dispuso a atacar un destacamento francés con una fuerza de 18.000 hombres, convencido de que el enemigo sólo contaba con 10.000 cuando en realidad constituían tres cuerpos de ejército con más de 50.000 soldados; pero gracias a la información de los guerrilleros se pudo evitar un combate que, sin lugar a dudas, habría supuesto una derrota total y, probablemente, el fin de la intervención británica en la Península. Por último, las guerrillas obligaron a destinar un número elevado de tropas para la protección de las comunicaciones.

 

En 1810 Napoleón controlaba todas las ciudades españolas y los principales puntos estratégicos. Sólo Cádiz, abastecida por mar por la marina británica, resistía. En las ciudades, José I implantó su autoridad, a través de sus decretos liberales, pero no así en la España rural que era donde vivía el 85% de la población total. En este terreno el poder residía en las juntas provinciales que dirigían la resistencia, aunque tampoco mandaban mucho. El ejército regular era casi inexistente y, la guerrilla era la única autoridad capaz de hacer frente a la invasión.

Debido a la imposibilidad de batir al ejército de Napoleón en campo abierto, surgen pequeños grupos de combatientes, pobremente armados que atacan, matan y se retiran. Ésta guerrilla se caracterizaba por ser partidas caóticas, indisciplinadas, difíciles de coordinar, cuyas acciones derivaron a menudo hacia el simple bandolerismo, y con un componente diverso: campesinos, curas, soldados, estudiantes, artesanos, pastores, maestros… No obstante, su acción les permitió el control de la mayor parte de las zonas rurales, en las que los franceses no podían adentrarse en pequeños grupos sin riesgo. Las muertes que causaban a los invasores, el asalto de su correo y el entorpecimiento de sus vías de comunicación obligaron a los galos a distraer gran parte de sus fuerzas en batidas, generalmente poco efectivas, en vez de dedicarlas a la guerra regular. Su finalidad no era únicamente luchar contra los franceses, sino sobrevivir diariamente y proteger los pueblos o comarcas en los que se movían.

Bandolero romántico

En muchas ocasiones luchaban tanto contra los franceses como contra las autoridades de las juntas, que les querían reclutar o dirigir en el combate. Dado que los recursos debían encontrarlos sobre el terreno, si la ayuda de la población no llegaba voluntariamente los guerrilleros no vacilaban en robar en pueblos alejados de los suyos. Su realidad era mucho más compleja que la del mito romántico del guerrillero patriótico. Conformaban más bien unas fuerzas de autodefensa dispuestas a proteger lo poco que tenían, que actuaban sin coordinación, muchas veces negándose a obedecer órdenes militares. Actuaban espontáneamente, sin ningún plan conjunto, y siempre bajo la autoridad de un jefe con prestigio, un conocedor del terreno que podía ser tanto civil como cura o militar.

Por tanto, la guerrilla no fue un invento español genial como se llegó a decir, sino el recurso de una sociedad agraria ante la falta de un ejército eficiente para resistir el expolio y el cambio de valores que suponía la ocupación francesa. Desgastaron mucho a los franceses, pero no les vencieron. Hacia el final de la guerra con la intervención inglesa, las autoridades civiles y militares fueron encuadrando a las guerrillas en el ejército, con lo que se disolvieron paulatinamente.

 

La guerra de desgaste

 

A partir de comienzos de 1809 las tropas francesas intentaron extender su dominio a todo el territorio español, lo que implicó una típica guerra de desgaste que requirió tres largos años (1809-1811), al final de los cuales los franceses poseyeron gran número de provincias españolas. El ritmo de las operaciones se relantizó, debido tanto a la ausencia de Napoleón, que decidió dirigir desde París las operaciones, como por el deseo de no repetir errores pasados, para lo que se cuidó de forma sistemática el dominio de los puntos clave y de las vías de comunicación.

El heroísmo derrochado en los sitios de Zaragoza y Gerona impresionaron tanto a los franceses como a los propios españoles. En Zaragoza 40.000 hombres, soldados y paisanos, mandados por Palafox resistieron durante dos meses a los ejércitos de Moncey y Mortier.

 

Escultura ecuestre de Palafox. Plaza de Jose María Forqué, Zaragoza

Palafox, pintado por Goya

En Gerona, el gobernador de la plaza, Mariano Álvarez de Castro, la defendió durante siete meses, y al general Pierre Augereau le costó la muerte de más de 14.000 soldados.

 

Mariano Álvarez de Castro

En el centro, un ejército de 50.000 hombres, preparado con enorme esfuerzo por la Junta Central, abandonó Sierra Morena y se adentró en La Mancha al mando de Azeiraga con el objetivo de alcanzar Madrid. La lentitud de su marcha hacia el norte permitió a José I reunir un gran ejército en Aranjuez que, el 19 de noviembre, derrotó totalmente a los españoles en Ocaña.

La victoria de Napoleón sobre los austríacos en Wagram permitió el envío de refuerzos a España: 90.000 soldados cruzaron los Pirineos e iniciaron un avance arrollador que liberó las guarniciones sitiadas de Navarra y Castilla la Vieja.

A principios de 1810, Napoleón estaba convencido de que la presencia de los ingleses en Portugal era lo que mantenía la resistencia en España, por tanto, decidió alcanzar Lisboa desde Salamanca por Ciudad Rodrigo y Coimbra. Los aliados (ingleses, portugueses y españoles) adoptaron una estrategia defensiva basada en tres elementos:

1- Arrasar amplias regiones destruyendo puentes, barcas y transbordadores, quemar los recursos alimentarios y medios de transporte que no pudiesen trasladarse a Lisboa; yevacuar la población de la zona.

2- La creación de un formidable ejército de 70.000 soldados regulares, ingleses, portugueses y españoles.

3- Ingenieros británicos y trabajadores portugueses construyeron la línea de Torres Vedras: una colosal barrera de obstáculos naturales y fortificaciones que se extendía a lo largo de 47 kilómetros desde el Atlántico hasta el estuario del Tajo.

 

Línea de Torres Vedras

Wellington, al mando de un ejército anglo-portugués, se apoderó de Salamanca. Madrid fué liberado el 13 de agosto de 1812 y el rey José debió huir penosamente a Valencia. José volvió a ocupar Madrid el 3 de noviembre. Mientras tanto, Wellington se retiró hasta Ciudad Rodrigo. La desastrosa derrota de Napoleón en Rusia obligó a un nuevo debilitamiento de las fuerzas francesas en España, hasta tal punto que por primera vez las fuerzas aliadas superaban con creces a las francesas.

Wellington

Con relativa facilidad, Wellington con un gran ejército formado por 52.000 ingleses, 29.000 portugueses y más de 20.000 españoles, capturó Salamanca y Zamora a finales de mayo donde planteó la batalla decisiva en Vitoria. El rey José, abandonó definitivamente Madrid y estableció su cuartel general en la ciudad francesa de San Juan de Luz

 

El final de la guerra y su mitificación.

La historiografía tradicional ve la guerra de la Independencia como un hito de la historia de España, plagado de héroes, gestas y glorias. Pero lo cierto es que fue un conflicto muy poco glorioso que nos ha llegado muy deformado, una fábula que dividía al país en buenos y malos. No todo el pueblo se alzó en masa espontánea y valientemente, los motivos de todos los insurgentes no eran la libertad y la independencia, ni todos los afrancesados fueron unos traidores y cobardes.

La intervención británica y la derrota napoleónica en Rusia fueron decisivas para la expulsión de los franceses de España. El resultado de aquellos seis años de guerra fueron: 200.000 muertos entre los franceses, unos 65.000 británicos y cerca de 500.000 españoles (un 5% de la población), fruto tanto de acciones violentas como del hambre y de las enfermedades, derivadas de la falta de alimentos y de la miseria general en que quedó el país.

Por otra parte, el conflicto y el vacío de poder ocasionado aceleraron en las colonias americanas movimientos independentistas. Los intentos del rey Fernando VII de mantener el control de las colonias no harían más que arruinar, aún más, la paupérrima Hacienda salida de la guerra contra Francia, además de llevar a la muerte a miles de hombres en una nueva contienda imposible de ganar. Sólo Cuba, entre las principales colonias, temerosa de una sublevación de esclavos en caso de escoger la independencia, decidió permanecer fiel a España.

Ciertamente 1808 abrió el camino a la España moderna, pero lo hizo de un modo traumático, turbulento, lo que sumiría al país en una mortandad, unas penurias económicas y unas divisiones políticas que habrían de perdurar durante todo el siglo XIX y buena parte del XX. Ese año también inauguró la escisión de las dos Españas que desgarró trágicamente a nuestro país en la historia contemporánea.

 



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