Para poder intervenir directamente en la realidad española se comenzó, a principios de 1808, la ocupación militar de toda la Península Ibérica mediante la introducción de tropas que previamente habían sido acantonadas en los Pirineos. Se calcula en unos 90.000 hombres el conjunto total de fuerzas francesas que se hallaban en España a comienzos del mes de marzo. Lograron apoderarse de las ciudades de Figueras (Gerona), Montjuïc (Barcelona), San Sebastián y Pamplona. A los gobernadores se les dió instrucciones de recibir a las tropas con armonía, facilitándoles todos los medios de subsistencia, hospitalidad y transportes y cuantos auxilios pudieran pedir unos buenos aliados.

La llegada de los franceses no creó una enemistad general entre los españoles debido al desconocimiento de lo ocurrido no sólo por la dificultad de las comunicaciones, sino también por la escasísima libertad de prensa existente. Triunfó la interpretación optimista de los fernandistas que, según cuentan “los franceses venían a proteger al Príncipe de Asturias contra el de la Paz, castigando a este último por haber en 1806 tenido y declarado el intento de separarse de la amistad de Napoleón”.

En cambio, el parte de Pamplona que decía que los franceses habían penetrado por la frontera navarra, y el aviso de Cataluña, con la entrada de la primera columna francesa, originaron un momento de pánico en la corte que se encontraba en el Real Sitio de Aranjuez. Los reyes estaban asustados y Godoy no sabía que hacer al carecer de apoyo de cuatro de sus cinco ministros, que ya se inclinaban decididamente por el príncipe de Asturias. Esta situación fue in crescendo porque no se sabían con certeza y seguridad las intenciones de Napoleón que había tenido una especial habilidad en ocultar sus intenciones.

Ante esta situación, Godoy intentó convencer a Carlos IV de trasladar la corte a Badajoz y desde allí a Sevilla o Cádiz donde, en el caso de no poder mantener la guerra con los franceses, sería fácil, con la ayuda de Gran Bretaña, embarcarse para Mallorca o para México. El rey estaba dispuesto a trasladarse a cualquier lugar donde pudiera gozar de la libertad necesaria para dirigirse a la nación. En cambio, al viaje se opusieron el príncipe heredero, algunos miembros de la familia real y todo el partido fernandino.

 

El motín de Aranjuez.

El 13 de marzo Godoy llegó a Aranjuez procedente de Madrid y se tomó la decisión de trasladar la corte a Sevilla el día 15, para lo que se avisó al mayordomo de palacio. De entrada, hicieron correr la voz de que había salido la orden de viaje de los reyes, creando en Aranjuez un clima de intranquilidad y disgusto. En Madrid, el conde de Montijo se encargó de unir en torno al príncipe de Asturias a todos los nobles y de lograr el beneplácito del Consejo de Castilla, el órgano político más importante y representativo de la monarquía borbónica.

En el Consejo de Ministros celebrado el día 14, el marqués de Caballero se negó a firmar cualquier resolución que supusiese la huida de la familia real, y por primera vez se enfrentó a Godoy. Ante este ejemplo, los demás ministros se crecieron y contaron al rey lo que habían callado durante más de quince años. El todopoderoso Godoy comenzó a desaparecer. Carlos IV, lleno de confusión, mandó, como era tradición, que se consultase al Consejo de Castilla.

Al día siguiente, el Consejo, que había sido ganado previamente por el conde de Montijo, adoptó una clara postura de oposición a Godoy, desaconsejando el viaje real.

En Aranjuez se intentó eliminar el descontento y la agitación que se palpaba mediante una proclama de Carlos IV en la que se desmentía la posibilidad de cualquier viaje. Los reyes, aquella misma tarde salieron a pasear en medio de un pueblo numeroso que los llenó de aclamaciones… pero no por esto el pueblo dejó de seguir desconfiado y vigilante, entre otras cosas, porque seguían llegando tropas al Real Sitio hasta alcanzar la cifra de unos 10.000 soldados, número evidentemente excesivo para una población que no llegaba a las 4.000 almas.

Además, el conde de Montijo y otros nobles habían soliviantado a los habitantes de los pueblos limítrofes para que acudieran a Aranjuez en defensa del Rey. El plan que debía forzar la caída de Godoy estaba dispuesto para el momento en que Carlos IV abandonase el Real Sitio de Aranjuez.

En la noche del jueves 17 al viernes 18 de marzo se formaron en Aranjuez numerosos grupos de cuatro a seis hombres embozados y armados de palos que atravesaban en silencio las calles del Real Sitio, capitaneados por el omnipresente conde de Montijo, rondando especialmente la casa de Godoy y las inmediaciones del camino de Ocaña.

Los hombres que rodearon el palacio de la corte se calmaron con bastante facilidad, primero porque el mayordomo mayor les aseguró que los reyes se encontraban allí y, posteriormente, porque tanto el príncipe de Asturias como el resto de la familia real se asomaron a un balcón para asegurar que no se habían marchado. Aunque el pretexto de la asonada fuera el anuncio de la retirada de la familia real y de la corte a Andalucía, en realidad el motivo de fondo era el odio existente a Godoy, como lo demostraban los gritos amenazadores de muerte que profirieron los que, armados con palos, picos, azadas y teas, se dirigieron hacia la casa de Godoy, destrozando a hachazos la puerta principal y saqueando todo el palacio menos una pequeña habitación con esteras y alfombras donde el valido se había encerrado con llave.

Los reyes, que se mantuvieron en vela toda la noche, quedaron espantados al enterarse del saqueo de la residencia de Godoy, sin duda recordando el asalto a las Tullerias durante la Revolución Francesa. Carlos IV cedió a las presiones de sus ministros y de los cortesanos y firmó, a las cinco de la mañana, un decreto por el que tomaba personalmente el mando del Ejército y de la Marina, exonerando, por tanto, a Godoy de los empleos de generalísimo y almirante.

El 19 por la mañana Godoy, acosado por el hambre y la sed, tuvo que salir del camaranchón donde se había escondido y fue rápidamente descubierto. La noticia de que había sido encontrado el valido se difundió como el rayo por todo el Real Sitio, dándose cuenta a los reyes. Inmediatamente una numerosa y enfurecida turba de hombres y mujeres acudió al palacio de Godoy con ánimo de saciar en él su saña. La tropa, junto con una partida de guardias de corps, evitó que el pueblo entrase en el palacio y linchara al antiguo favorito de los reyes.

En cuanto Carlos IV se enteró del descubrimiento de Godoy dispuso que al momento fuese su hijo Fernando a tranquilizar al pueblo para que se pudiese conducir sin peligro de su vida al cuartel de guardias de corps, prometiéndole que el decreto dado el día anterior sería cumplido y que le haría partir lejos de la corte. El príncipe de Asturias logró calmar a la gente prometiendo que se le formaría y sustanciaría causa a Godoy, que acto seguido fue trasladado al cuartel de guardias de corps proteguido por un escuadrón del mismo cuerpo; a pesar de esta protección, llegó según un relato de la épcoa, “con un ojo casi saltado de una pedrada, un muslo herido de un navajazo y los pies destrozados por los cascos de los caballos”.

La aparición de un coche de colleras con seis mulas ante la puerta del cuartel de guardias de corps para trasladar a Granada, por orden real, al príncipe de la Paz, evitando de esta forma el inicio inmediato de la causa contra él, originó de nuevo la irritación del pueblo, que se concentró ante el cuartel matando una mula, cortando los tirantes y destrozando el coche. Los amotinados pidieron que se procesara a Godoy en Aranjuez o en Madrid.

A las siete de la noche del 19 de marzo, Carlos IV convocó a todos los ministros del Despacho y les leyó el decreto de la abdicación hacia el heredero, el príncipe de Asturias. La abdicación se concedió  a las once de la noche del mismo día y la noticia no cundió demasiado, debido a la intempestiva hora, hasta el día siguiente, que era domingo.

 

La exaltación al trono.

El entusiasmo de la gente, que ya se había manifestado contra Godoy dos días antes quemando las casas de sus familiares y protegidos, creció sin límites mientras el retrato del nuevo rey era llevado por todas las calles hasta ser colocado en el Ayuntamiento.

El júbilo en toda España fue enorme. En la mayoría de las ciudades y pueblos se arrastraba el busto o el retrato de Godoy por las calles, se echaban las campanas al vuelo y se acababa con un solemne tedúm en la catedral o en la iglesia mayor.

Fernando VII comenzó su reinado convertido en un ídolo y, como tal, se idolatraba sin juzgarle. Era, y así se llamaba, El Deseado. Fernando VII conservó de momento a los mismos ministros de su padre, pero en breve espacio de tiempo cambió a la mayoría de ellos.

Las primeras medidas que adoptó el nuevo rey junto con su gobierno tuvieron como finalidad conseguir el máximo apoyo tanto interior como exterior. La necesidad de contar con el apoyo externo, es decir, la protección y el reconocimiento de Napoleón Bonaparte, era evidente dado el prestigio y poder del emperador de los franceses. Intentó tranquilizar a los ciudadanos, mandando al Consejo de Castilla que procurase persuadir a la población de que las tropas francesas venían como amigos y con objetos útiles al rey y a la nación.

Las fuerzas francesas en la Península Ibérica habían sido puestas bajo el mando del general Murat, príncipe soberano de Alemania con el título de gran duque de Berg y de Clèves y, lo que era más importante, cuñado de Napoleón Bonaparte.

Joachim Murat. Retrato pintado por François Gérard (Museo de Versalles)

Murat tenía la esperanza de que una vez abandonada la Península por los Borbones, el emperador, tal como había hecho con otros cuñados, le ceñiría la Corona de España, a la que podría gobernar sin ningún problema dado el descontento que hacia el gobierno de Godoy había encontrado a su llegada a la Península. Sin embargo, Napoleón eligió a Murat, su compañero de armas, para la empresa de España únicamente porque en ocasiones sabía desplegar una energía terrible, pero en ningún momento para concederle la Corona, puesto que desconfiaba de su capacidad política y diplomática.

La renuncia de Carlos IV y la elevación del Príncipe de Asturias, sorprendió a Murat. Éste que se encontraba en Buitrago, lo ocurrido destrozaba todos sus cálculos, porque suponía que la familia real no abandonaría la Península. Ello indujo a no dilatar la entrada en Madrid con sus tropas, para lo que tomó la precaución que el cuerpo del ejército de Pierre Dupont se acercase también hacia Madrid por Guadarrama, al mismo tiempo que el de Jannot Moncey lo hacía por Somosierra. Murat avanzó sin temor hacia Madrid.

El 23 de marzo las tropas francesas entraron en Madrid por la puerta de Alcalá a tambor batiente y, según la Gaceta de Madrid, fueron recibidas por “un gentío innumerable y con todas las demostraciones de júbilo y de amistad que corresponde a la estrecha y más que nunca sincera alianza, que une a los dos gobiernos”. Toda la población se esmeró en agasajar a los franceses. Los grandes de España, por ejemplo, alojaron a los generales en sus propias casas de tal forma que Murat pudo presumir ante Napoleón de tener la ciudad a sus pies. El embajador francés en la corte española recibió de Murat la orden de no reconocer diplomáticamente a Fernando VII hasta que no llegasen instrucciones concretas de Napoleón.

Por otro lado, en Aranjuez el general Monthion extremó las amabilidades para con los reyes padres tratándoles como auténticos reyes en ejercicio. Murat pidió al general que volviera a Madrid con un documento donde Carlos IV se retractara. El 23 regresó el militar con el documento de Carlos IV: “Protesto y declaro que mi decreto de 19 de marzo, en el que he abdicado la Corona en favor de mi hijo, es un acto a que me he visto obligado para evitar mayores infortunios, y la efusión de sangre de mis amados vasallos, y por consiguiente debe ser considerado como nulo”.

Napoleón concibió al punto la idea de enfrentar a padre e hijo hasta que se destrozaran mutuamente, de suerte que actuando como árbitro quedase él, al fin, como único vencedor. Napoleón envió a Madrid al general René Savary con una doble finalidad: por un lado, debía valerse de todos los medios posibles para lograr que Fernando VII acudiera a Bayona a entrevistarse con el propio Napoleón, y, por otro, tenía que mostrar a Murat sus planes de sustitución de los Borbones por los Bonaparte, así como que enviara a Francia, escalonadamente y a cualquier precio, al resto de la familia real junto con Godoy.

General René Savary

Savary al llegar a Madrid quiso fomentar la credulidad de los Consejeros reales y atraerse la simpatía de Fernando VII que no le negó el tratamiento de majestad durante la entrevista que le fue concedida. Sus objetivos se cumplieron tan perfectamente que nada más salir de palacio el rey mandó publicar un decreto en la Gaceta de Madrid anunciando que saldría, por el camino de Somosierra, al encuentro del emperador de los franceses.

A las 10 de la mañana del 10 de abril el rey, acompañado del ministro Cevallos, del duque de San Carlos, Juan Escoiquiz el conde de Villariezo y los marqueses de Ayerbe, de Guadalcázar y de Feria, emprendía viaje hacía Burgos con la esperanza de encontrarse con Napoleón.

A Fernando VII le convenía la entrevista en su propio territorio para que Bonaparte pudiera cerciorarse de la popularidad de su causa. Por todas partes se le aclamaba, seguía siendo para todos El Deseado, el derrocador del odioso valido y, cómo Napoleón, supuesto defensor de los derechos de los pueblos, iba a rechazar este argumento. Así cavilaba la camarilla del rey, dirigida por su antiguo preceptor, el canónigo Escoiquiz, que en el fondo aspiraba a ser un nuevo Godoy.

El viaje del rey fue un continuo triunfo. Los pueblos salían en masa con sus autoridades y clero a festejar el paso del rey junto con vuelo de campanas, fuegos artificiales y descargas de pólvora. En el trayecto la comitiva real había observado que el camino estaba llena de tropas francesas, lo que unido a los 8.000 hombres de infantería y caballería situados en Burgos hacía que el rey estuviese “tan en poder de los franceses como en Madrid”. Al no encontrar a Napoleón ni tener noticias de una posible aproximación, los consejos de Fernando VII debatieron la posibilidad de regresar a la corte, permanecer en Burgos o trasladarse hasta Vitoria. El 14 de abril llegó el monarca a Vitoria sin tampoco encontrar en esta ciudad a Napoleón, que excusaba su tardanza por sus múltiples ocupaciones.

En la noche del 18 de abril el rey decidió el viaje con la unánime aprobación de su Consejo después de oír a Savay, recién llegado de Francia, adonde se había trasladado para entregar a Napoleón una carta de queja de Fernando VII y de donde había vuelto con instrucciones para arrestar al rey si rehusaba ir a Francia para entrevistarse con el emperador, que se dejaba “cortar la cabeza si al cuarto de hora de haber llegado a Bayona no le ha reconocido el emperador por rey de España y de las Indias. Al cruzar el río Bidasoa el 20 de abril, Fernando VII entraba en territorio francés, dejando tras de sí un país gobernado por una Junta de Gobierno en Madrid. 

 

Las abdicaciones de Bayona.

Cuando Fernando VII entró en Francia el 20 de abril no fue recibido por ninguna autoridad hasta que llegó a Bayona, donde fue alojado en un viejo caserón destartalado, el castillo de Marrac.

Ruinas del Chatêau de Marrac

 

Ilustración del Chatêau de Marrac

 

La Porte d´Espagne de la Ciudadela de Bayona

Napoleón hizo ver a Fernando VII que había determinado “irrevocablemente” el destronamiento de los Borbones en España. La sorpresa y perpejlidad que cundieron en el rey y en su comitiva fue inmensa; de golpe se dieron cuenta de que se encontraban prisioneros e impotentes. Durante diez días, hasta que llegaron los reyes padres, Napoleón insistió una y otra vez sobre Fernando VII y sus consejeros en la necesidad de su renuncia como único medio de garantizar la paz de España. La resistencia del monarca, mantenida con decoro y sin ceder ni un ápice de terreno, obligó a Napoleón a cambiar de táctica: lograr el favor de los reyes padres.

Éstos llegaron a Bayona, el último día de abril, donde fueron recibidos con todos los honores regios que no se tuvieron con Fernando VII. En el palacio de Gobierno se encontraron con Godoy, “a quien -según Toreno- estrecharon en su seno una y repetidas veces con gran clamor y llanto, mientras que a su hijo le saludaron con el mayor desprecio y con semblante en que estaban pintados el odio y el furor”. Napoleón logró que el propio Carlos IV pidiera a Fernando VII la devolución de la Corona en una conferencia mantenida entre ellos y en la que se utilizaron expresiones tan duras como la petición de la reina María Luisa a Napoleón de que castigase la actuación de su hijo en un cadalso. Por carta fechada el 1 de mayo, Fernando VII ofrecía devolver la Corona siempre y cuando se hiciese formalmente en Madrid ante las Cortes de los Reinos o, al menos, ante una representación de todas las principales instituciones del país.

 

La Junta de Gobierno.

La Junta Suprema de Gobierno en Madrid estaba presidida por el tío de Fernando, el infante Antonio, e integrada por cinco ministros. Dicha Junta tenía como misión gobernar el reino en nombre de Fernando VII. Durante los veinticuatro días (del 10 de abril al 4 de mayo) en los que actuó de presidente el tío de Fernando VII, la Junta tuvo una doble finalidad: defender los derechos al trono de Fernando VII y conservar la buena armonía con los franceses.

En cambio, mientras tanto la animadversión hacia los franceses fue creciendo, porque estos se sentían dominadores apropiándose de todo lo que les parecía y porque los jefes y oficiales se dedicaron a expandir la noticia de que Napoleón había resuelto reponer en el trono a Carlos IV,  lo que originó sangrientos altercados en Burgos y Toledo.

Murat comunicó el 16 de abril a la Junta que tenía órdenes del emperador para no reconocer otro soberano que Carlos IV, ya que su abdicación había sido forzada y, por consiguiente, subsistía el derecho a reasumir la corona. Un día después, el propio Carlos IV, convenientemente aleccionado por Murat, comunicó a los miembros de la Junta la nulidad de su abdicación y su decisión de volver a tomar el poder.

 

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