Carlos IV (1748-1819)

Nació en Italia cuando su padre, Carlos III, era rey de Nápoles y Sicilia. No estaba destinado a reinar en España, pero la muerte sin hijos de Fernando VI y la incapacidad de su hermano mayor le convirtieron en heredero de la Corona española.

A diferencia de su padre, carecía de las cualidades de un buen rey del absolutismo ilustrado. Falto de carácter, vivió bajo la decisiva influencia de su esposa María Luisa de Parma y del favorito Godoy. Era una buena persona, pero sin talento, la energía, la voluntad y la dedicación que hubiera necesitado un buen rey, mucho más en los revueltos tiempos en que le tocó reinar.

Era un hombre de gustos sencillos y poco refinados, que adoraba el campo, la caza y la equitación. Tenía gran afición por las artes mecánicas (en especial por los relojes), pero también sentía inclinación por la pintura y la música, como demuestra su protección a Goya y Boccherini. Para entender las decisiones de Carlos IV hay que conocer a su esposa María Luisa de Parma.

 

María Luisa de Parma (1751-1819)

Fue una mujer atractiva, con una gran personalidad, mucho más lista, resuelta y ambiciosa que su marido, sobre el que ejercía un completo dominio. No era demasiado culta, pero tenía un reconocido buen gusto.

Era prima de Carlos y se casó con él muy joven, en 1765. Mientras vivió Carlos III, los Principes de Asturias se mantuvieron en un discreto segundo plano, pero al llegar al trono a fines de 1788 María Luisa comenzó a manifestar su carácter dominante. Su afición al lujo y sobre todo sus relaciones con el favorito Manuel Godoy contribuyeron en gran medida al descrédito de la monarquía española. Los enfrentamientos con su hijo Fernando, que la odiaba, acabaron de complicar la situación de la familia real y tuvieron gran impacto en la marcha de los acontecimientos, facilitando la intervención de Napoleón en España.

 

Fernando VII (1784-1833)

Fue un hijo y heredero muy esperado y deseado, pues nació cuando sus padres llevaban ya diecisiete años de matrimonio, tras varios varones muertos prematuramente y varias hijas que por la ley sálica no podían reinar. Sin embargo, la relación con sus padres y especialmente con su madre fue pésima.

Al acceder al trono su padre (Carlos IV) por el fallecimiento de Carlos III, el 14 de diciembre de 1788, se convirtió automáticamente en príncipe de Asturias y fue jurado heredero de la Corona el 23 de septiembre de 1789, en la iglesia de los jerónimos de Madrid. El 6 de noviembre de 1802, siendo príncipe de Asturias contrajo matrimonio con María Antonia, princesa de Nápoles y Sicilia, que falleció en Aranjuez el 21 de mayo de 1806 sin dejar descendencia. Siendo ya rey, contrajo segundas nupcias con su sobrina, María Isabel de Braganza, infanta de Portugal. De este matrimonio nacieron dos hijas muertas prematuramente. La reina falleció en Madrid, el 26 de diciembre de 1818. El 20 de octubre de 1819 se casó con María Josefa Amalia, princesa de Sajonia, que falleció sin descendencia en Aranjuez, el 17 de mayo de 1829. Poco después celebró sus segundas nucpias en Madrid, el 11 de diciembre de 1829, con su sobrina María Cristina de Borbón, princesa de las dos Sicilias. De este cuarto matrimonio nacieron dos hijas: María Isabel, futura reina de España, y María Luisa Fernanda.

La corte donde creció, con muy poca salud, estaba dominada por el poder de Manuel de Godoy y Álvarez de Faria, joven guardia de Corps en quien Carlos IV, a instancia de la reina María Luisa, había depositado su confianza colmándole de todo tipo de ascensos, honores y distinciones. Las relaciones nada claras de su madre con Godoy, la falta de apoyo y cariño por parte de sus padres, que le consideraban incapaz de acceder al trono, y la ambición del valido, que pretendía conseguir un trono propio, hicieron que el heredero tuviera una juventud humillada, que desarrollase al máximo una fuerte desconfianza ante cualquier persona y que adoptase una actitud pasiva.

De las pocas cosas positivas que se han escrito sobre le carácter de Fernando VII es su sencillez, simpatía y campechanía con algún rasgo de sensibilidad. Su desconfianza total y su tendencia al disimulo le llevó a recelar de todos los hombres valiosos que le pudieran hacer sombra. No era capaz, por su cobardía innata, de enfrentarse a las situaciones con todas sus consecuencias, como se vio perfectamente en Bayona. Era listo, lo que le permitía resolver pequeños problemas, pero no inteligente, por lo que no supo comprender los graves problemas por los que atravesaba el país; por tanto, sólo pensaba en salir de las dificultades del momento sin reflexionar que desviar una dificultad no es resolverla.

Falleció en Madrid el 29 de septiembre de 1833 y sus restos descansan en el Real Monasterio de El Escorial.

Nunca aceptó a Godoy y todo su empeño se dirigió a destruirlo. El enfrentamiento personal se tradujo en una rivalidad política sin tregua, reforzada a partir de su boda con María Antonia de Nápoles. La conspiración de El Escorial y el motín de Aranjuez culminarían el conflicto, llevando la abdicación de Carlos IV y a la subida al trono de Fernando VII, para posteriormente acabar abdicando ambos en Bayona ante Napoleón Bonaparte.

 

Manuel Godoy (1767-1851)

Nació en Badajoz, hijo de un coronel de escasa fortuna, su carrera política fue una escalada fulgurante. Llegó a la corte madrileña a los 17 años en donde ingresó en la Guardia de Corps, puesto que le situaba directamente al servicio de la familia real.

Los Reyes, y especialmente María Luisa de Parma, pusieron sus ojos en aquel apuesto guardia. Favorito de los nuevos monarcas, no fueron sólo razones personales, sino también políticas, las que contribuyeron a su engrandecimiento. Su ambición de gloria, con la complicidad de los reyes, que le hartaron de riquezas y honores, constituye un oscuro perfil de su personalidad. De simple guardia de Corps pasó en tiempo récord a duque de Alcudia con Grandeza de España, secretario de Estado, Principe de la Paz… La escalada al poder de Godoy transgredía todas las normas establecidas, y remataban la trangresión sus relaciones impropias con la Reina.

Godoy no daría la talla al frente del timón del gobierno español. Su falta de acierto en la dirección de la política española, en los difíciles momentos que atravesaba Europa, acabó de condenarle. Vapuleado por los acontecimientos y manipulado por Napoleón, no tuvo la altura política que España necesitaba en una de las encrucijadas más comprometidas de su historia.