Antes de que llegara Roma a la Península para conquistar y dominar, España estaba habitada por multitud de tribus independientes entre sí y sin ninguna conciencia de identidad colectiva.

Los Íberos y los Celtas fueron tribus que ya estaban asentados en la Península varios siglos antes de Cristo. Posteriormente los fenicios y los griegos fueron llegando a la Península para instalar factorías y enclaves costeros para comerciar con los nativos. Más tarde llegaron los Cartagineses y los Romanos. Cártago llegó al sur y a las Baleares en el S. VI a. C. Roma como también quiso aprovecharse de las riquezas de Hispana firmó en el 226 a. C.  con Cártago el Tratado del Ebro, según el cual, ambas potencias establecían en el río la frontera de sus respectivos intereses. Roma rompió el acuerdo en el 219 a. C. al aliarse con Sagunto para contrarrestar el creciente poderío cartaginés. Desde Empúries, que comenzaba la segunda guerra púnica, Roma se lanzó al control del resto del territorio hispano.

En su conquista Roma cometió todo tipo de salvajadas sobre los vencidos, con tal de someterles y arrebatarles los bienes. Para ello, Roma quiso asegurarse su presencia en la Península extrayendo bienes y servicios basados en la colaboración más o menos forzada de la población indígena.

La estrategia de Roma se basaba en romper cualquier unidad indígena mediante pactos y sobornos. Se les pagaba en dinero, tierras y privilegios. Numerosos nativos comprobaron que la sumisión a la potencia extranjera les proporcionaba mayor seguridad que la anterior independencia convulsa.

De entre todos los guerrilleros, Viriato se erigió en el prototipo de la heroica resistencia. Era un humilde pastor Lusitano que había logrado escapar de la matanza del pretor Galba. Hacía 150 a. C. fue elegido nuevo jefe de los lusitanos y emprendió la guerra contra los ocupantes que habían masacrado a su pueblo. Cuentan que era fuerte y alto y que su nombre procedería de víria, brazalete, por lo que significaría “el hombre del brazalete”. La pobreza en la que vivía la convertía en austera virtud y dicen que, en su boda con la hija de un rico propietario lusitano, despreció la rica cubertería dispuesta en su honor, apenas probó los exquisitos bocados y no abandonó la compañía de su lanza. Al acabar la ceremonia, tomó a su esposa, la montó a la grupa de su caballo y se la llevó a las montañas.

Viriato encabezó el enfrentamiento entre el 147 y el 139 a. C. contra los romanos. No aspiraba a someterles, sino a expulsarlos.  Sus victorias le llevaron a dominar el centro de la meseta. Sabía retirarse a tiempo a las zonas más montañosas, como la Sierra de Gredos, cuando los romanos enviaban nuevas fuerzas.

Con el tiempo, eran muchos los lusitanos que se pasaban al bando de Roma. En este ambiente de desafecto generalizado, tres enviados de Viriato se dejaron convencer para matar a su jefe a cambio de una imporntante cantidad de dinero.

La muerte de Viriato, óleo de José Madrazo

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