Los viajes a América para hacer fortuna empezaron prácticamente desde el mismo descubrimiento. A los soldados, clérigos y funcionarios de los inicios se irían sumando emprendedores, atraidos por las minas de plata, primero, y por las tierras de cultivo, después. En España, con su rancia nobleza y su sistema caciquil, el ascenso social era casi imposible, pero en las Indias se podía hacer borrón y cuenta nueva. Cualquier europeo, por el mero hecho de serlo, gozaba de un estatus superior al de los nativos.

Durante los siglos de ocupación hispana, la emigración a las Indias fue una opción minoritaria. Tras la guerra de la independencia (1808-14), España prohibió temporalmente viajar a las antiguas colonias, pero el boicot no funcionó. En poco más de cincuenta años migraron a las Indias casi tantos españoles como en los tres siglos anteriores. Las nuevas repúblicas, libres de la anquilosada burocracia de la metrópoli, prosperaron rápidamente, atrayendo a un gran número de inmigrantes ilegales.

Entre 1881 y 1959, casi cinco millones de españoles embarcaron rumbo al Nuevo Continente con la esperanza de hacerse de oro. España estaba muy atrasada. Un 70% de los españoles eran campesinos analfabetos cuyas tierras apenas daban para vivir. Entonces llegaban los “ganchos”, reclutadores de mano de obra, que ofrecian una mejor vida en ultramar. Les prometían vivienda, manunteción y un salario que podían ahorrar para comprar una parcela. Además, emigrar era una manera de librarse del servicio militar y por tanto, de ir a la guerra de Marruecos.

El coste del pasaje no era un obstáculo insalvable. Los gobiernos y algunos propietarios de las plantaciones subvencionaron el billete. Hacia 1920, un pasaje de tercera costaba unas 500 pesetas, y un trabajador asalariado ganaba de media, 2000 pesetas al año.

El regreso de los triunfadores espoleó a muchos indecisos y disparó el número de emigrantes a partir de 1900. Fue entonces cuando se forjó el arquetipo del Indiano: un nuevo rico inculto pero viajado, con su chaleco blanco, su sombrero panameño y su inseparable puro hábano, dueño de un coche espectacular, el haiga, y la casa más moderna y ostentosa del pueblo.

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