El lunes 23 de febrero de 1981 Tejero tomó el Congreso de los Diputados con más de doscientos guardias civiles. Se inició un golpe de estado que fracasó horas después, trás la aparición del Rey en televisión para anunciar el compromiso democrático de la Corona.

España al inicio de los 80.

En 1979 se reactivó una crisis económica. La inflación era del 14%, y el paro alcanzaba el 16,5% de una población activa que solo sumaba 13 millones de trabajadores de los 37,6 millones de habitantes. Otra lacra que sufría el Estado español era el terrorismo. Entre el 20 de noviembre de 1975 y el 23 de febrero de 1981 el terrorismo causó 386 víctimas mortales. Ante esta situación, circulaban rumores sobre un próximo golpe militar, el famoso “ruido de sables”.

El gobierno de Suárez

Cuando Juan Carlos fue proclamado rey, confirmó el cargo de presidente del gobierno a Carlos Arias Navarro, el último presidente del gobierno de Franco. En julio de 1976 hizó el rey dimitir a Arias Navarro y, nombró de presidente a Adolfo Suárez, un antiguo falangista de 44 años que fue recibido por los españoles con una mezcla de asombro y desconfianza.

Suárez inició una reforma política siguiendo las pautas de Fernández Miranda (presidente de las Cortes y del Consejo del Reino), que deseaba una democracia bipartidista, sin autonomías ni comunistas legalizados. Suárez prometió no legalizar el Partido Comunista “mientras fuera revolucionario”.

Para servir de bisagra entre el régimen antiguo y la futura democracia, Suárez fundó la Unión del Centro Democrático (UCD). Con este partido atrajo a un electorado moderado en el que estaban representadas todas las clases sociales.

El país se conmovió el Sábado Santo de 1977, cuando Suárez legalizó por sorpresa el PC, irritando a los grupos conservadores, especialmente a los generales, que se sintieron engañados. Suárez se había convertido en un verdadero demócrata que sobrepasaba el programa de Fernández Miranda, quien abandonó la política por las discrepancias con su pupilo.

En junio se celebraron las primeras elecciones libres, y solo la UCD logró escaños en todas las provincias.

Decadencia de la UCD

A comienzos de 1980 las relaciones entre la iglesia y el gobierno se deterioraron a raíz de la ley reguladora de la enseñanza secundaria y el desarrollo del proyecto de ley del divorcio. Las relaciones internacionales tampoco resultaban confortables. En el entorno de la guerra fría, Washington recelaba de un presidente que había legalizado el PC, recibido al palestino Yasir Arafat y al cubano Fidel Castro y aplazado la discusión sobre el ingreso de España en la OTAN.

Pero las cuestiones más delicadas eran referidas a las Fuerzas Armadas. Sus generales y almirantes eran veteranos de la Guerra Civil, reticentes con la democracia, y estaban irritados por las reformas militares y políticas, el desarrollo autonómico y el terrorismo.

En 1980 Felipe González (PSOE) presentó una moción de censura en la que buscó el apoyo de Fraga (Alianza Popular). La operación no logró derrotar a Suárez, pero lo dejó terriblemente tocado. Trás cuatro años de gobierno contra viento y marea, Suárez estaba consumido por el esfuerzo, las traiciones de los suyos, el progresivo desapego del Rey y los desfavorables indicativos económicos.

El desgaste de la UCD era tan rápido que un número creciente de barones de la UCD atendían los cantos de sirena de Manuel Fraga o de Felipe González. La tentación de abandonar aquel barco con vías de agua agrandaba la crisis interna del partido y la soledad de su presidente. En este clima de incertidumbre crecía el “ruido de sables”. A finales de 1978 ya se había descubierto una conspiración que pretendía secuestrar al gobierno y que fue bautizada por la prensa como “Operación Galaxia”. Sus autores, Antonio Tejero, teniente coronel de la Guardia Civil, y Ricardo Sáenz de Ynestrillas, capitán de la Policía Armada, fueron detenidos, aunque la Justicia Militar solo les impuso una ligera condena.

Las conspiraciones

Los rumores sobre conspiraciones militares crecieron de tal modo que, en noviembre de 1980, el CESID, el servicio de inteligencia español, entregó al gobierno un informe titulado Panorámica de las operaciones en marcha. En él se enumeraban distintos peligros contra los que el Ejecutivo, superado, no tomó medidas.

Tejero había logrado gran popularidad gracias a la “Operación Galaxia”, por lo que decidió reactivar sus antiguos planes e inició contactos con algunos capitanes de su propio cuerpo. En Madrid había un grupo de generales que tenían relación con Jaime Milans del Bosch, el capitán general de Valencia, que era un monárquico franquista tan conflictivo que el Rey llevaba más de un año sin concederle una audiencia.

Paralelamente crecían las ambiciones del general Alfonso Armada, secretario de la casa real hasta que Suárez lo hizo destituir en 1977. Dos años después lo alejó de Madrid, destinándolo a Lérida. Desde allí, Armada buscó alianzas, porque los rumores lo señalaban como posible presidente de un gobierno de coalición.

El 10 de enero de 1981, el Rey y el presidente tuvieron un largo despacho. en él, Juan Carlos propuso que Armada regresara a la capital como segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. Era la segunda vez que lo pedía, pero Suárez volvió a negarse. La empatía de 1976  había desaparecido.

El 18 de enero, los conspiradores se reunieron en Madrid. Discutieron las posibilidades de la “Operación Armada” (éste no asistió a la reunión) y también el plan de Tejero para secuestrar el gobierno. Su acuerdo final fue que, si Armada no lograba la presidencia en el plazo de un mes, activarían la propuesta de Tejero.

Otra conspiración llamada “de los coroneles”, partidaria de un golpe sangriento, funcionaba por su cuenta, pero estaba a medio organizar. Entonces sucedió un hecho inesperado. El 29 de enero, ETA secuestró al ingeniero director de las obras de la central nuclear de Lemóniz y, aquella misma tarde, Suárez apareció en televisión para anunciar que dimitía.

La solución: Calvo-Sotelo

La UCD reaccionó convocando su congreso en Palma de Mallorca para el 6 de febrero. Allí, tras duros enfrentamientos, los oficialistas lograron imponerse. El suarista Rodríguez Sahagún fue nombrado presidente del partido, y el Comité Ejecutivo propuso como candidato a la presidencia del gobierno a Leopoldo Calvo-Sotelo. El Rey lo presentó el día 10 como candidato a la presidencia del gobierno.

Ahora ya, sin obstáculo de Suárez, el Rey, Rodríguez Sahagún y Gabeiras, general jefe del Estado Mayor, acordaron destinar a Armada a Madrid. El 13 fue recibido por el Monarca, al que manifestó su disgusto por el nombramiento de Calvo-Sotelo, porque él resultaba mejor candidato ya que le votarían “hasta los socialistas”.

Había transcurrido el mes de plazo que habían acordado los conspiradores, y Tejero decidió asaltar el Congreso durante la sesión de investidura del 20 de febrero, contando con los hombres del Grupo de Acción Rápida de la Guardia Civil. Sin embargo, el 18 por la noche supo que no podría disponer de ellos porque marchaban de permiso de fin de semana. Como sabía que se celebraría una segunda sesión el 23, decidió posponer el asalto para ese día y comunicó a sus cómplices su decisión de llevar adelante el plan, le secundaran o no.

Preparando el plan

Desde Valencia, la mañana del 22, Milans del Bosch llamó al comandante Pardo Zancada, del Estado Mayor de la División Acorazada Brunete, para que se desplazara inmediatamente a Valencia. Allí, Pardo Zancada presenció como Milans del Bosch telefoneaba a quien parecía ser Armada, para confirmar que el Monarca apoyaya la operación.

Aquella noche dejaron perfilado su plan para la tarde siguiente: Tejero asaltaría el Congreso y Armada se instalaría en la Zarzuela para amparar la operación en nombre del Rey; Milans del Bosch proclamaría el estado de guerra en Valencia. Cuando éste llamara a los demás capitanes generales, se les unirían en cascada, porque eran franquistas y el Rey respaldaba la operación.

El 23-f

La conspiración se basaba en dos supuestos: que el Ejército era franquista y que el Rey apoyaba la operación. El primero era cierto, aunque incompleto, porque el franquismo suponía la intransigencia política, pero también la sumisión a la jerarquía. El segundo estaba avalado por Armada y era falso. Juan Carlos había llegado a considerar la incruenta “Operación Armada”, pero ahora confiaba en la solución Calvo-Sotelo. No iba a cometer el mismo error que su abuelo Alfonso XIII y su cuñado Constantino de Grecia, que perdieron el trono por apoyar un golpe militar.

El plan era sencillo. Sobre las 18:00 horas, Armada se instalaría en la Zarzuela, y un poco más tarde, Tejero, con más de 200 guardias civiles, tomaría el Congreso, capturando al gobierno en funciones y a los diputados. Después Milans del Bosch, en virtud de la ley de Orden Público, proclamaría el estado de guerra en su circunscripción, activando la Alerta 2 de la “Operación Diana”, prevista para ocupar militarmente el país en caso de emergencia grave.

A las 18.22 h., Tejero llegó al palacio de las Cortes con siete autobuses llenos de guardias civiles. Penetraron en el Congreso e interrumpieron la votación de investidura y dispararon sus metralletas al aire amedrentando a los ministros y diputados, que se echaron al suelo tras sus escaños, con las únicas excepciones de Adolfo Suárez, Manuel Gutierrez Mellado y Santiago Carrillo.

En cambio, fallaron los cálculos de Armada de encontrarse en la Zarzuela a las 18:00 h. porque el general Gabeiras, su jefe y mando supremo del Ejército de Tierra, lo convocó para despachar a las 17:00 h.  Todavía estaban reunidos a las 18:30 cuando entró en el despacho un alarmado coronel diciendo que había tiros en el Congreso. Poco después, Guillermo Quintana Lacaci, capitán general de Madrid, telefoneó a Gabeiras comentando lo sucedido, y éste llamó al Rey para testimoniarle su lealtad. Alfonso Armada continuaba en el despacho y, antes de que Gabeiras colgara, tomó el teléfono ofreciéndose para ir a la Zarzuela, porque desde allí podría servir mejor a Su Majestad.

Sabino Fernández Campo, secretario de la casa real, había sustituido a Armada en este cargo cuantro años antes. Temía que si aparecía Armada en la Zarzuela le relegara a un rincón, y por su propia seguridad aconsejó al Monarca que declinara el ofrecimiento. Como Juan Carlos siguió su recomendación, Armada no pudo personarse en la Zarzuela.

En Zaragoza, Pardo Zancada explicó a los mandos reunidos en la Brunete que iba a producirse un grave acontecimiento en Madrid y que el Rey respaldaba una operación destinada a controlar el orden público. La dirigía el general Armada desde la Zarzuela y debían ejecutarla las tropas del general Milans del Bosch en Valencia y ellos mismos en Madrid. La Brunete se sublevaba engañando a su propio general, Juste.

A las 18:45, Gabeiras recibió una llamada de Milans del Bosch diciendo que todo estaba tranquilo en Valencia, donde había tomado la precaución de acuartelar a las tropas y preparar un comunicado. Mientras hablaba con Milans sonó otro teléfono. Era Francisco Laína, director de la Seguridad del Estado, que había improvidado un gobierno de subsecretarios y le informaba de que había tropas circulando por las calles valencianas. Gabeiras preguntó a Milans del Bosch qué hacían aquellas tropas, y éste respondió que eran unidades regresando de unas maniobras. Sin embargo, Valencia estaba ocupada militarmente, intervenidos el gobierno civil y el ayuntamiento; todas las guarniciones militares de la región se estaban movilizando; y a las 19:00 horas Radio Valencia comenzó a transmitir el bando de guerra.

La Brunete: Juste hace retroceder a las tropas.

Juste (jefe de la División Acorazada Brunete), sobrepasado por los acontencimientos, no se explicaba la presencia del General Torres Rojas al mando de la Brunete con gran predicamento entre los oficiales. Para sacar algo en claro decidió consultar con Armada, por tanto, telefoneó a la Zarzuela para hablar con Sabino Fernández Campo. No pudo hablar con éste, porque le dijeron que estaba despachando con el Rey, y Juste dejó recado de que le devolviera la llamada en cuanto fuera posible. Sobre las 19 horas sonó su teléfono, era Fernández Campo. “¿Está ahí Alfonso Armada?”, preguntó Juste. “No, aquí no está”, respondió Sabino. “¿No estará con el Rey?”, insistió el desconcertado general. “No está ni se le espera”.

La frase despejó las brumas de Juste, y Fernández Campo informó al Rey de que la Brunete estaba medio sublevada utilizando su nombre y el de Armada.

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