Hitler en verano de 1940 ya tenía ocupado Polonia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Checoslovaquia, Dinamarca y Noruega. Francia cayó con mucha facilidad. Italia era su aliado y España y Portugal estaban bajo dictaduras afines. La URSS estaba sujeta por un tratado de no agresión y reparto de territorios firmado en 1939. Grecia y Yugoslavia, caerían más adelante. Gran Bretaña mantenía aún estaba sin ocupar.

Para el Führer, Gran Bretaña era una amenaza para sus proyectos de expansionismo. Por ello ordenó una rápida invasión de las Islas para el 1 de agosto.

El plan alemán consistió en trasladar desde Francia y Bélgica a 200.000 hombres a través de medios navales por el canal hasta las Islas, obstaculizar los suministros y aniquilar la RAF (Royal Air Force). Se trataba de una estrategia ofensiva y de exhibición de fuerza y ocaso para que el pueblo británico se desmoronase y, así el gobierno (Winston Churchill) pidiera un armisticio, igual que había hecho el francés.

Hitler infravaloró la firmeza, inteligencia, serenidad y capacidad de persuasión de Churchill. Éste, aunque solamente llevaba un mes en su nuevo cargo, inspiraba confianza a los ciudadanos. Dijo al parlamento que Gran Bretaña lucharía hasta las últimas consecuencias y no se rendiría. El enfrentamiento duró desde el 10 de julio de 1940 hasta el 10 de mayo de 1941. Se desarrolló en cielo británico y fue el enfrentamiento más importante de la historia de la aviación militar.

La aviación alemana (Lufwaffe) era muy superior a la británica (RAF), además de tener pilotos más experimentados. La única ventaja británica era que sus aviones podían aterrizar y despegar en su propio territorio. La Lufwaffe tenía que hacerlo en las bases que disponía en Francia y Bélgica.

La Lufwaffe comenzó bombardeando objetivos navales y económicos al sur de Inglaterra con el objetivo de abrir el camino a la invasión naval y terrestre. Luego, bombardearía algunos barrios londinenses causando numerosas víctimas civiles. Como consecuencia, Churchill ordenó una operación de represalia. Los aviones de la RAF bombardearon unas fábricas en Berlín. No fue mucho el daño que lograron causar, pero si tuvo un importante efecto psicológico. Porque era la primera vez en la guerra que Berlín había sido atacada, y se prestaba tan vulnerable como cualquier otra ciudad.

Hilter reacionó con uno de sus ataques de cólera, y ordenó una réplica en la que ya no se respetarían las reglas tradicionales de la guerra, que preservaban los objetivos civiles. A partir de entonces el grueso de los ataques de la Lufwaffe se concentró en las grandes ciudades y, de manera prioritaria en Londres.

Entre septiembre y noviembre los bombardeos sobre Londres fueron casi a diario. Las escenas de dolor, las calles sembradas de cadáveres, los regueros de sangre en las aceras, las familias que de pronto se quedaban sin hogar y el dantesco paisaje general de destrucción y escombros convirtieron Londres en una ciudad fantasmagórica. Los bombardeos se cebaron sobre edificios históricos como la abadía de Westminster, el Palacio de St. James y el Britist Museum. Lo peor fue el balance de víctimas: 43.000 muertos, más de 100.000 heridos y un millón de familias sin vivienda en todo el país.

El Blitz de Londres no solo pasó a la historia como la más espectacular batalla aérea de todos los tiempos, tantas veces perpetrada por el cine, sino también como uno de los episodios más salvajes perpetrados por la crueldad nazi a lo largo de la II G.M. También se convirtió en el primer contratiempo serio con que tropezó Hilter en el que pronto sería su avance hacia la derrota final.