La decadencia de las cruzadas tuvo lugar en el siglo XIII, concretamente en la cuarta cruzada dirigida contra el Imperio bizantino.

En 1217 se proclamó la quinta cruzada donde un gran ejército húngaro, alemán y austríaco marchó contra Egipto, cuyos gobernantes aparecían como el mayor desafío a los estados cruzados. Cuatro años después, tras algunos éxitos iniciales, los cristianos tuvieron que replegarse y perdieron lo conquistado.

En 1228 el emperador Federico II organizó la sexta cruzada. Se hizo con Jerusalén y se proclamó rey. Pero en 1244 la ciudad se volvió a perder, esta vez para siempre.

La séptima cruzada se organiza en 1248 por el rey francés Luis IX con el apoyo papal. Partieron desde Marsella y Aigües Mortes, invernaron en Chipre y decidieron atacar Egipto. El rey cayó capturado y tuvieron que pagar un cuantioso rescate para su liberación.

El mismo rey francés emprendió en 1269 la octava cruzada. La empresa volvió a fracasar.

Ante estos fracasos, se vieron los cruzados en la necesidad imperiosa en defender sus plazas a través de los castillos y fortalezas que fueron levantando. Esta fiebre constructiva iba acompañada con el deseo de establecer colonos y reproducir el modo feudal de vida de Europa.

En 1270 la última cruzada de Luis IX había fracasado, y los caballeros en Tierra Santa se encontraban cada vez más exhaustos y desabastecidos.

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