La Orden del Temple se creó en 1119 en Jerusalén para defender los Santos Lugares y, luchar contra los infieles. Sus fundadores fueron caballeros franceses, por eso, casi todos sus grandes maestres y la mayor parte de sus caballeros fueron galos. Francia se constituyó en el gran centro de su poder.

Los Templarios se fueron asentando, desde los primeros momentos, fuera de Francia, donde muchos caballeros decidieron ingresar en la orden fascinada por su espíritu cruzado. Reyes y nobles de toda Europa donaron propiedades como ayuda a su misión. En la Península Ibérica era el único lugar, aparte de Tierra Santa, donde se podía luchar contra el infiel.

Sólo nueve años después de su fundación, es decir en 1128, antes de que los templarios entraran en combate en Tierra Santa, ya se tiene conocimiento de la presencia de la Orden en la península. Los primeros castillos que heredan son: castillo de Soure (Coimbra), el castillo de Ramón Berenguer III y el del Conde de Urgell.

Castillo de Soure de la condesa Teresa de Portugal

En la Mancha, donde el Temple tardó más en implantarse, llegaron los templarios en 1149 en el castillo de Calatrava en el camino de Toledo a Córdoba, pero éstos lo abandonaron en 1157, devolviéndolo a la corona que lo dejó a manos de una nueva Orden, la Calatrava.

Castillo de Calatrava la Vieja

La participación de la Orden del Temple en el proceso de conquista cristiana en la Península fue importante. Los templarios constituían un cuerpo militar de élite y eran sumamente eficaces en la lucha. No obstante, tenían también un coste considerable, puesto que había que premiarles con parte del botín obtenido. El objetivo de los reinos cristianos eran conseguir tierras y plazas a costa de los musulmanes, pero siempre tratando de que los monarcas salieran beneficiados en el reparto de los bienes conquistados.

Las encomiendas eran la base administrativa en que se agrupaban los templarios. Estaban formados por una o dos casas-convento bajo la supervisión de un comendador. Cada encomienda poseía su iglesia o capilla. Equivalente a un feudo, disponía de tierras y vasallos, y en ella vivían no más de una decena de caballeros junto con otras categorías inferiores de templarios. En sus aledaños podía haber molinos, palomares, granjas, corrales, graneros y todo tipo de elementos auxiliares para hacer de las encomiendas prósperos centros de producción agrícola.

En el momento de mayor auge, en el siglo XIII, había en la península cerca de 80 encomiendas, además de unas setenta fortificaciones de distinta envergadura, de la que más de la mitad se situaban en el reino de Aragón. En contraste, las encomiendas en Francia rebasaron el millar, además de contar con cientos de castillos. Aquí en la Península podríamos hablar de unos 5.000 efectivos entre caballeros, sargentos o escuderos, los hermanos y capellanes. Este número tan insignificante explica como pudieron ser fácilmente absorvidos tras su disolución.

En cuanto a las acciones militares, dependiendo de la situación geográfica así intervenían en las luchas contra los musulmanes. En Navarra, los templarios no tuvieron participación alguna en la guerra. En Castilla y León, su contribución en las conquistas fue moderada. Sólo en ciertas plazas de la actual Badajoz y en algunas de Murcia fueron decisivos los templarios, tanto en su conquista como en su posterior defensa y repoblación. Pero fue en Aragón donde sus servicios resultaron cruciales. De hecho, sin su intervención, la Reconquista en el sur de Cataluña y su posterior entrada en Valencia habrían sido bastante más lentas. Desde el punto de vista militar, fue en la Batalla de las Navas de Tolosa (1212), una de las más célebres de la Edad Media, donde más presencia tuvieron los templarios.

Acabada la reconquista y con ella, los beneficios obtenidos por las campañas, se inició una cierta decadencia del Temple. Ya no había infieles a los que combatir. Los caballeros que permanecieron en Aragón se limitaron, a partir de entonces, a formar parte de la élite gobernante y administradora, tanto en el plano político como en el económico.

Distinta suerte corrieron en Francia. A finales de 1307, el rey de Francia decidió actuar contra los templarios. La orden había sido expulsada de Tierra Santa y ya no podía cumplir con su principal cometido. Al mismo tiempo, el rey Felipe IV maniobró ante el Papa Clemente V y acusó infundadamente a los templarios de herejía. De inmediato fueron apresados y sus bienes incautados. Por ejemplo, En Castilla, sus posesiones incautadas fueron distribuidas entre la nobleza, la corona, los concejos y el resto de órdenes militares, sobre todo a la orden del Hospital.

En la Península Ibérica la orden de los templarios tuvo mejor suerte que en Francia. Ello se debía en lugar a que la orden no contaba con los efectivos, las propiedades y los tesoros que si tenían en la casa central francesa y que habían alimentado el recelo y la codicia de su rey. Aquí tampoco habían alcanzado un poder que escapase del control de las coronas. Además, los reinos hispanos no querían prescindir de dicha orden por su lucha contra los musulmanes. Pero al final los reyes hispanos tuvieron que acatar las órdenes venidas de Roma, ante la incredulidad de las denuncias, sencillamente por conveniencia (por ganar posiciones) y por obediencia a Roma.

En el concilio de Tarragona de 1312 fueron declarados inocentes. Los caballeros de la orden recibieron rentas o indemnizaciones por los bienes expropiados.  Al reconocer su inocencia podían seguir contando con ellos, aunque fuese bajo otro nombre, como pasó con la Orden de Montesa en el reino de Valencia. Acabar físicamente con los templarios, como en Francia, habría supuesto debilitarse como reinos.