La hermandad fue fundada en Jerusalén en 1048 por comerciantes italianos muy activos en Tierra Santa, para brindar cobijo, comida y servicios médicos a los peregrinos de cualquier raza y credo.

El califa de Egipto, que gobernaba la región, permitió a fray Gerardo, líder de la comunidad monástica, edificar con estos fines una iglesia (consagrada a San Juan Bautista), un convento y un hospicio-enfermería junto al templo del Santo Sepulcro.

Tras la toma cristiana de Jerusalén en la primera cruzada (1.096-1.099), una bula papal oficializó la existencia de la orden. Sus monjes hacían votos de obediencia, castidad y pobreza, abrazaban la regla agustina y tomaban el hábito, uno negro al que después se incorporó una cruz blanca de ocho puntas, símbolo de las ocho bienaventuranzas.

La inestabilidad de los estados latinos de Oriente deparó a los hospitalarios un destino diferente al de otras cofradías. A la muerte de fray Gerardo, su sucesor, Raimundo de Puy militarizó la orden para proteger a los enfermos y peregrinos y para defender los territorios cristianos. Esta nueva casta de monjes guerreros se convirtió en la elite de los efectivos cruzados. Valientes y disciplinados, sus miembros se jugaban el tipo por la fe, no por tierras o botines. Les importaba menos esta vida que la otra, convencidos de que sacrificando en batalla la primera obtendrían la paz en la del más allá.

Para superar la contradicción de ser religiosos con licencia para matar, los hospitalarios encuadraron su conducta bélica en el código de honor caballeresco y se dividieron en tres ramas: los que luchaban, los dedicados a consolar a los enfermos y celebrar misa y los escuderos de los primeros. Quienes tenían por profesión la guerra no podían oficiar la liturgia, pues sus manos estaban manchadas de sangre.

Los caballeros no tardaron en ocupar las posiciones más relevantes de la institución. Sus miembros pronto procedieron exclusivamente de la aristocracia. En cambio, los monjes capellanes y escuderos provenían en su mayoría del estamento burgués.

Conforme creció la reputación de la orden en la frontera con el islam, también lo hizo su fortuna en Occidente. Allí tenían prioratos (conventos) abiertos en las principales ciudades, cada uno al frente de encomiendas (territorios) que administrar, sobre todo en la red viaria que llevaba a Roma.

En el siglo XIII los caballeros cambiaron la túnica negra por otra roja para cubrir su armadura, siempre con la cruz blanca octogonal.

Los días en Palestina llegaban a su fin. Los hospitalarios fueron expulsados con el resto de las tropas cristianas en 1291. Fue una desgracia con suerte a nivel material. Suprimidas las travesías de los creyentes a los Santos Lugares, Roma se convirtió en el foco más importante de peregrinación, lo cual revalorizó las propiedades sanjuanistas. Tantearon la posibilidad de establecerse en Creta, pero lo desecharon para reunirse con los Templarios en Chipre.

Un Templario y un Hospitalario

Sin embargo, ambas órdenes eran huéspedes incómodos para el monarca latino de la isla, que, inquieto por el poder e independencia de éstas, entorpeció sus actividades hasta que optaron por dejar el lugar. Tomaron caminos divergentes. El Temple se afincó de nuevo en Europa, donde se desencadenaría su tragedia. El Hospital, en cambio, prefirió quedarse en Oriente Próximo para continuar la lucha contra el Islam. Esto aumentó su reputación y el número de simpatizantes que le donaban fondos. Sin contar con que, cuando el rey de Francia puso al fin sus manos sobre el tesoro templario, las fecundas tierras de la orden masacrada (salvo las ibéricas) fueron a parar a los hospitalarios.

Los Hospitalarios invadieron Rodas en 1310 y, allí permanecieron hasta 1522, año en que fueron expulsados por los turcos. No tenían donde instalar su cuartel general hasta que Carlos V les ofreció instalarse en Malta que es una isla situada en el límite extremo de la cristiandad. Era un puesto de avanzada en la sangrienta frontera de la época entre los mundos cristianos y musulmán. Sus tierras, más bien áridas, con pocos manantiales y mal fortificadas, no hacían del archipiélago un sitio fácil donde sobrevivir en caso de ataque. Sin embargo, a los Hospitalarios seguía pareciéndoles demasiado cómodo y cercano a Europa, porque, de hecho, su deseo era establecerse lo más adentro posible del islam para reconquistar Tierra Santa. Allí permanecieron durante 268 años.

Lo primero que hicieron los caballeros en su nuevo hogar fue fortificarlo, conscientes de que Solimán iría de nuevo a por ellos. Desecharon la capital medieval, la bella Mdina, en el centro de la isla mayor, y se concentraron en la villa de Birgu y la zona portuaria para vigilar junto a su flota. No se equivocaron, nada más llegar, comenzaron los embates de los musulmanes, que no tardaron en ocupar Túnez en su agresiva expansión mediterranea.

Levantaron la ciudad portuaria mejor fortificada de Occidente bautizada La Valetta en honor del gran maestre que los había conducido al triunfo en 1565. En el siglo XVII se levantaron torres de vigilancia y un acueducto entre Mdina y La Valetta. Enriquecidos y sin urgencias militares que atender, los caballeros mejoraron su ya excelente asistencia médica, adornaron sus edificios con elementos barrocos y construyeron albergues, palacios y templos cada vez más opulentos.

Los Hospitalarios no gobernaron mal. Sacaron a Malta de un modo de vida primitivo y crearon infraestructuras que siguen siendo vitales. Su salida tuvo lugar en 1798. Se hallaban en decadencia, tanto moral (proliferaba la prostitución) como económica. El grueso de los hospitalarios vagó por varias ciudades italianas hasta asentarse de manera definitiva en Roma en 1834. Allí mantuvo su territorialidad, pero reducida al palacio Magistral, sobre la via Condotti.

Los caballeros de Malta se rehicieron parcialmente a partir del siglo XX. Las dos guerras mundiales fueron testigos de sus eficientes misiones hospitalarias, y en la actualidad están presentes en más de 120 países con programas de asistencia médica y social. También intervienen en conflictos bélicos y cataclismos, además de desempeñar labores culturales.

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