La Primera Guerra Mundial (1914-18) exarcebó el sentimiento nacionalista en Alemania e Italia, humilladas por los acuerdos de paz: la primera tendría que pagar muy cara su derrota, e Italia no vio satisfechas sus pretensiones expansionistas a costa del antiguo Imperio austro-húngaro.  A todo ello habría que añadir la fuerte crisis económica que sufrían ambos países. En Italia hubo un político que se atrevió a reconducir la situación: Benito Mussolini. Y lo hizo teniendo al Imperio romano como máximo referente.

Mussolini era hijo de un herrero y una maestra que creía firmemente en la importancia de la educación. Se licencia en magisterio y se inscribió inicialmente al socialismo. Huyó de Italia para librarse del servicio militar obligatorio.

En 1919 fundó los grupos de agitación llamado por Los Fasci Italiani di Combattimento (haces italianos de combate). Su símbolo eran los fasces romanos, un haz de varas de metro y medio de longitud con un hacha en la parte alta. El hacha personificaba la justicia y el haz de varas la fuerza. Se trataba de un emblema que ya había sido adoptado en 1789 por la Revolución Francesa. Pero esta nueva revolución tendría un carácter muy diferente.

En 1921 los Fasci Italiani di Combattimento fueron la base para la creación del Partido Nacional Fascista, con postulados ya claramente de derechas. En octubre de 1922 el partido decidió hacerse con el poder en la llamada Marcha sobre Roma, tras la que el rey Víctor Manuel III nombró a Mussolini jefe de gobierno.

 

Marcha sobre Roma, 1922

Durante los tres años siguientes Mussolini, hombre de una portentosa oratoria, fue asumiendo todos los poderes. Así llegó a implantar una dictadura. El primer dictador romano que se nombró vitalicio fue Julio César. Inspirándose en él, Mussolini también se presentó en sociedad como dictador vitalicio.

También instauró el saludo romano como elemento distintivo de su formación política. Pronto fue obligatorio por toda Italia. Mussolini no dudó en imitar las pautas que habían propiciado el éxito del Imperio romano. Éste se basaba en una sociedad perfectamente ordenada, dividida en clases y con un fuerte espíritu moralizante. La propaganda del régimen también presentó la educación física como un elemento de salud colectiva y de adistramiento en el estoicismo.

Con la voluntad de apropiarse del pasado romano, el gobierno fascista dio un impulso a las obras de excavación arqueológica del centro monumental de Roma: el Foro, el área pública y política por excelencia de la antigua capital del mundo. Los resultados no siempre fueron los deseados, ya que las campañas estuvieron condicionadas por la voluntad propagandística del régimen. Así, para que vieran la luz determinados restos, fueron destruidos sin pudor notables edificios de época medieval. Además, para que el ejército y las milicias fascistas pudieran marchar triunfalmente por el centro de Roma -a imitación de los grandes desfiles romanos-, fueron abiertas dos calles: la Via dell´Impero (hoy Via dei Fori Imperiali) y la Via del Mare (hoy Via del Teatro di Marcello). Su trazado arrasó literalmente la colina de la Velia y la zona de la Meta Sudans, delante del Coliseo.

Mussolini impulsó también una política de monumentalidad marmórea, típica de otros estados de inspiración totalitaria. Se trataba de promover la construcción de grandes edificios que pudieran servir de escenario a manifestaciones masivas. En teoría, los proyectos se inspiraban en el Imperio Romano.

Para Mussolini, la antigua Roma se caracterizó también por su política exterior. El Duce se propuso recuperar los antiguos territorios del Imperio. Invadió Etiopía en 1935 con métodos criminales, como el gaseamiento de civiles. Mussolini quiso ampliar fronteras a toda costa. Ocupó Albania en 1939, a pesar de su escasa preparación militar, pero cuando en octubre intentaron ocupar Grecia, las cosas no les salieron tan bien. Las tropas griegas contraatacaron, obligando a los italianos a retroceder hasta abandonar gran parte de Albania.

En diciembre de 1940 un humillado Mussolini no tuvo más remedio que pedir ayuda a Hitler. El Imperio romano del Duce hacía aguas. En julio de 1943, ante los progresos de los aliados, fue derrocado por un golpe de Estado -respaldado por Victor Manuel III- y encarcelado en los Apeninos. En septiembre fue liberado por un grupo de paracaidistas y creó una república fascista en la zona de Italia ocupada por el ejército alemán (la República Social Italiana). Dos años después tomó la decisión de huir. En abril de 1945, un grupo de partisanos -opositores al fascismo- le capturaron en Dongo y lo fusilaron junto con su amante, Clara Petacci. Caído Mussolini, el mito del autoritarismo de la antigua Roma tan solo sería preservado, a su manera, por Franco en España.