Servio Tulio (578-534 a. C.)

Los antecedentes de las legiones romanas las encontramos en el siglo VI. a. C. con el rey de origen etrusco, Servio Tulio, quien fue el que por primera vez sistematizara el ejército romano.

En Roma, ser ciudadano requería una serie de obligaciones militares. Ciudadano era sinónimo de soldado. Tulio clasificó a los ciudadanos en cinco clases según su fortuna y propiedades. Así mismo, organizó también las tropas en centurias, formadas en principio por cien hombres. Sesenta centurias constituían una legión (aunque sus efectivos oscilaron entre los 4.000 y los 6.000 hombres a lo largo de la historia). Cada soldado se costeaba su propio equipamiento. Por tanto, los ciudadanos más adinerados contaban con el mejor armamento o integraban la reducida caballería que acompañaba a la legión.

Éste primer ejército era ocasional formado por ciudadanos que, aunque dedicados a sus tareas profesionales particulares, se alzaban en armas cuando eran requeridos para defender la ciudad. Hasta el siglo V a. C. no había aún guerras expansivas, por tanto, la actividad militar se limitaba a las zonas cercanas de Roma con ciudades vecinas.

Fue ya en el siglo IV a. C. cuando los galos invadieron el centro de Italia y, Roma fue saqueada por primera vez. Como consecuencia, su política pasó a ser expansionista, lo que supuso que los soldados lucharan cada vez más tiempo y más lejos de la ciudad. Esto perjudicaba a los pequeños propietarios. Entonces se introdujo una pequeña compensación económica a los soldados más humildes. Este fue el primer paso hacia la profesionalización de las tropas.

A lo largo del siglo III a. C. se puso en tela de juicio, cada vez más, el ejército de propietarios. Comenzó el duelo con Cartago, con campañas muy largas en lugares muy alejados, y los combatientes no podían cuidar de sus haciendas. Esto, unido a que el número de ciudadanos susceptibles de ser llamados a filas era cada vez más escaso, desembocó en una crisis. Por lo que no quedó otro remedio que reducir las exigencias económicas para formar parte del ejército. Se facilitó el acceso a la condición de ciudadano-soldado. En tiempos de extrema gravedad, incluso se llevó a la guerra a la plebe, a esclavos y a criminales.

Cayo Mario

Así, el cónsul Cayo Mario, en el 107 a. C. aceptó como reclutas a los hombres libres sin propiedades, hasta ese momento exentos de obligaciones militares. Dada su pobre condición, y a diferencia de los propietarios-ciudadanos, a la plebe le importaba poco pasar largos períodos fuera de casa. A cambio recibían una paga y la posibilidad de promoción social. Además, tras su paso por el ejército eran recompensados con una parcela cultivable, convirtiéndose en propietarios y ciudadanos de pleno derecho.

La vida del legionario no consistía únicamente en batallar. También realizaban otras tareas como es la constructiva. El ejército trazaba o ampliaba caminos en su avance, lo que le permitía después el traslado rápido de sus unidades de un lugar a otro. También levantaban puentes, acueductos y campamentos. Algunos de los campamentos dieron lugar después a la aparición de ciudades.

La comida más importante que hacían era la cena. Sus menús se basaban en gachas de cereales, pan, manteca, verduras, algo de fruta, sopa, pescado seco, aceite de oliva, sal y, de vez en cuando, carne. El agua y el vino malo con especias o vinagre eran sus bebidas.

En cuanto a la religión, los legionarios celebraban el 3 de enero un gran desfile en honor a Júpiter. También creían en el poder de los genios, una especie de pequeños dioses o seres mágicos que surgían en torno a cada grupo de hombres que vivían y combatían juntos. El águila de la legión fue la representación del genio más importante.

El uniforme del legionario solía componerse de una pieza de lino a modo de

Vestimenta de un legionario

ropa interior o camisa, una túnica de lana y una manta también de lana. Además, los legionarios llevaban una especie de bufanda para impedir el rozamiento de la armadura. Según la región donde sirviesen, podían añadirse al conjunto las pieles o el cuero. Unas sandalias con gruesas suelas claveteadas completaban la indumentaria, que era la misma para todos los hombres. Portar la misma vestimenta es algo que les diferenció de la mayor parte de sus enemigos.

A este atuendo había que añadir el armamento. En el defensivo destacaba su gran escudo curvado, esencial para desviar las armas enemigas y capaz de cubrir al legionario desde el pecho hasta el suelo. Era de madera, reforzado con metal y pieles, con un saliente en el centro. Cuando llovía, se le protegía con pieles para que el agua no lo estropease. Los centuriones y algunos legionarios llevaban también grebas, unas piezas metálicas que cubrían las pantorrillas. El casco de metal, generalmente de bronce, era otro elemento de protección fundamental. Completaba el equipo la loriga, una armadura para el torso formada por varias placas de metal, unidas entre sí por tela o piel para preservar la movilidad del soldado.

El armamento ofensivo estaba compuesto por una espada y dos lanzas de diferentes pesos. Ambos tipos de arma evolucionaron a lo largo de la historia, debido principalmente a las influencias extranjeras. La lanza más ligera era lanzada metros antes del choque contra el enemigo; y la más pesada, en el último momento, mientras se avanzaba o permanecía en formación, tratando de perforar los escudos del otro bando. Libre ya de lanzas, la vanguardia desenfundaba la espada. Cada soldado solía disponer también de una daga atada al cinto, muy útil en el cuerpo a cuerpo en caso de perder la espada.

La política expansionista conllevó la cada vez más frecuente necesidad de sitiar las ciudades. Especialmente a partir del siglo II a. C., se hizo imprescindible la incorporación de máquinas de guerra capaces de demoler murallas o diezmar y amedrentar al enemigo. Fue Julio César quien más importancia dio a la artillería y a los ingenieros, cuyo éxito resultó un factor decisivo en las guerras que Roma emprendió después.

Las legiones solían llevar consigo varios tipos de artefactos: catapultas, balistas, ballestas, onagros, carroballistae… Con ellos podían lanzar toda suerte de proyectiles, desde grandes piedras o flechas a recipientes con brea ardiendo sobre las murallas. Estas máquinas se transportaban en carros tirados por mulas, y su alcance llegaba hasta los cuatrocientos metros.También integraban la legión los escribanos, médicos y pagadores, que solían avanzar en la retaguardia. Además, a cada grupo de ocho soldados le correspondía una mula, que cargaba con sus tiendas de campaña y con una piedra de molino para moler grano.

Las reformas de Mario acabaron con el ejército de propietarios y solucionaron la escasez de hombres, pero provocaron problemas nuevos. Ahora el sistema de reclutamiento estaba abierto a los pobres, con promesas de recompensas. Los generales establecieron fuertes vínculos de fidelidad con sus legiones, a las que utilizaron como instrumento para conseguir metas políticas personales. Los soldados luchaban a cambio de recompensas, lo que les convertía de hecho en mercenarios dispuestos a enfrentarse a cualquiera, incluida Roma. La relación de dependencia entre las legiones y sus generales trascendió a la República, y sembró el germen de las guerras civiles que estallaron en el siglo I a. C. Fue un período muy convulso en la historia romana. El estancamiento de las conquistas exteriores paralizó el reparto de tierras entre los soldados que se licenciaban, y creció el malestar entre los legionarios. Esto fue utilizado por diferentes caudillos militares, que también eran dirigentes políticos, para luchar por sus propios intereses (el mismo Mario, Sila, Pompeyo, César, Marco Antonio y Octavio). Las promesas de recompensas por parte de los generales transformaron a las legiones en ejércitos personales.

Octavio Augusto

Tras las guerras civiles, la República dió paso al Imperio. Octavio Augusto fue el primer emperador. Instauró el culto imperial, en el que veía imprescindible erradicar la politización del ejército y su fraccionamiento en bandos. De las casi 50 legiones existentes entre los dos bandos de la última guerra civil, que le había enfrentado a Antonio, Octavio se quedó con sólo 28, unos 150.000 hombres.

Tras el desastre de Teutoburgo, en Germania, que se redujo las legiones a 25, Augusto frenó la política expansionista. A partir de entonces, salvo excepciones como la de Trajano en la Dacia y Mesopotamia, el Imperio se limitó a defender las fronteras del Rhin, el Danubio y Siria. Las legiones levantaron muros, fuertes y empalizas y su interrelación con la población local aumentó, estableciéndose lazos muy fuertes con los indígenas e intensificando su romanización. Cada legión contaba con un cuerpo auxiliar de soldados locales, aunque sin derechos ciudadanos y dirigidos por oficiales romanos. A estos nuevos soldados se les trasladaba a las provincias más alejadas del Imperio. Así, lejos de sus compatriotas y bajo la disciplina romana, diluían su identidad y dejaban de ser una potencial amenaza de rebielón contra Roma.

Ya en el siglo III, la crisis económica en el occidente del Imperio, fruto de la devaluación de la moneda, la inflación y el colapso del comercio, afectó también a las legiones. Sus cada vez más escasos efectivos eran insuficientes

Septimio Severo

para contener a los pueblos fronterizos. Septimio Severo estableció nuevas reformas, destinadas a mantener un ejército de 350.000 hombres que estimaba necesario para defender el Imperio. Hizo más atractiva la vida militar aumentando la paga de los legionarios, permitiéndoles dedicarse a actividades agrarias y mercantiles en épocas de paz, y residir en poblaciones próximas en lugar de permanecer en el campamento. Los legionarios pasaron así a formar parte de la vida civil y política de las ciudades. Pronto, las barreras entre el mundo civil y el militar se difuminaron.

 

Caracalla

Caracalla en el 212 dió un paso más, extendió la ciudadanía a todos los habitantes libres del Imperio, permitiendo así que cualquier varón ingresase en el ejército.  Las diferencias entre las legiones (formadas por ciudadanos) y las tropas auxiliares (hasta entonces, nativos sin ciudadanía) fueron desapareciendo paulatinamente. La presencia aristocrática en la milicia se diluyó hasta evaporarse.

Mientras tanto, en el norte los germanos iban traspasando el Rhin y el Danubio. Se tuvo que crear un ejército móvil que pudiera desplazarse con rapidez allí donde se requería. Se aumentó la caballería y se mejoró la armadura. También se renovó el armamento de la infantería, con un hacha y una espada de doble filo y mayor tamaño. En cambio, seguía la constante de falta de soldados. Diocleciano hizo un llamamiento de tropas federadas (germanos al servicio de Roma). Sin embargo, a finales del siglo IV, a pesar de los vanos intentos de frenar la descomposición interna del Imperio, los germanos (fuesen amigos o enemigos de Roma) ya campaban a sus anchas en Occidente. A falta de paga, las guarniciones romanas se dispersaron y disolvieron, y los bárbaros traspasaron masivamente las fronteras.

Cuando fue depuesto el último emperador en el año 476, hacía ya tiempo que las legiones romanas como tales habían dejado de existir.