El Imperio Romano empezó a decaer en el siglo III. Ello es explica por las divisiones internas, las guerras civiles, el acoso de los pueblos germánicos y la crisis económica (inflación, falta de mano de obra, devaluación de la moneda, contracción del comercio, escasez de alimentos…). Además, ya no se hacían nuevas conquistas y, las legiones, cada vez más debiles, se centraban en la defensa de las fronteras, que estaban en retroceso.

Los godos probablemente provengan del sur de Suecia, otros autores lo localizan en las costas bálticas. Hacia principios del siglo III se desplazaron al norte del mar Negro. Mientras tanto, quedaron divididos en dos grandes grupos: los visigodos y los ostrogodos.

Invasiones de los visigodos (Godos de Occidente)

Los visigodos mantuvieron una estrecha relación con Roma, primero con hostilidad hasta que llegaron a un acuerdo en el año 270. El pacto permitió a los visigodos establecerse en la Dacia en calidad de aliados. Allí se romanizaron. A principios del siglo IV se convirtieron al cristianismo. Pero su statu quo cambió cuando llegaron los hunos hacia el 375. Pidieron cruzar el Danubio y refugiarse en el sur, concretamente en Mesia, donde se dedicarían a tareas agrícolas. Roma confiada y temerosa les dió su permiso, les prometió la ciudadanía romana a cambio de que prestaran servicio militar, cediesen sus armas y los niños quedasen como rehenes. Los visigodos aceptaron y penetraron unos doscientos mil, pero en seguida se vieron maltratados por los romanos, que apenas les daban alimentos y, en cambio, les exigían numerosos tributos. Los visigodos protestaban y el rey Fritigerno fue convocado junto con sus nobles a una entrevista con los gobernadores romanos. Se trataba de una trampa para agrupar a los cabecillas y asesinarlos. En cambio, el plan falló y fueron los gobernadores romanos los que fueron asesinados.

Guerrero visigodo

Estalló la guerra en el 377. Los visigodos invadieron Tracia, Macedonia y el norte de Grecia. Al tiempo que Fritigerno recibió refuerzos de los ostrogodos y los pueblos germánicos.

Por el año 408 el rey godo Alarico chantajeó al Emperador Honorio pidiéndole dinero y, ante el cerco y la evidencia de que no se podía frenar el ataque visigodo, el Senador romano recaudó lo que pudo, lo entregó al godo y le prometió más oro en breve plazo. Alarico se retiró con un gran botín. Un año después se volvió a presentar exigiendo más botín y un chantaje para nombrar como emperador al pretor Prisco Atalo, y lo consiguió. En el verano de 410 se cansó de que el emperador no le tuviera en consideración y Alarico puso sitio firme a Roma con 40.000 hombres. Roma estaba bien amurallada pero apenas tenía soldados para defenderla y, desde hacía semanas no recibía trigo de África. Por tanto, no fue necesario ni una sóla flecha para tomar la ciudad.

Aunque no se sabe del todo cierto, probablemente los invasores contaron con la ayuda de los esclavos romanos y las clases humildes de Roma, cansados de la miseria y de la opresión por parte de los patricios. Se tiene noticia de que se incendió las mansiones de los patricios y algunos edificios civiles, pero no así, de los edificios religiosos. El rey godo ordenó moderar la violencia. Por tanto, el saqueo fue mucho menos cruento de lo que se suele contar.

Saqueo de Roma por Alarico

No hay que olvidar que Alarico, aunque arriano, era cristiano. No se pudo llevar gran botín de Roma ya que apenas tenía alimentos y oro. El proyecto de Alarico era cruzar el mar e ir hacia Sicilia y Cartago, los graneros de Roma, pero murió a las pocas semanas, mientras intentaba reunir una flota para emprender la travesía. Poco después, el nuevo rey Ataúlfo desandó el camino y marchó hacia la Galia en busca de otra región en que asentarse.

Aunque el saqueo de Roma fue leve, psicológicamente resultó devastador, pues acabó con el mito de la ciudad inexpugnable. A Roma aún se la concebía como la capital del mundo, y el cristianismo había hecho de ella su sede.

San Agustín y algunos paganos autores coincidían en que la decadencia fue debida al vicio, la corrupción, las luchas por el poder y la riqueza y la falta de austeridad.

El Imperio romano cayó oficialmente en el año 476, cuando los ostrogodos derrocaron al último emperador, Rómulo Augusto.