La prenda romana por excelencia era la toga. Únicamente los ciudadanos tenían derecho a llevarla, y lo hacían con gran orgullo patrio, pero con mucha menos frecuencia de lo que se cree.

En tiempos de la República la toga era un sencillo rectángulo de lana que envolvía por igual el cuerpo de hombres y mujeres, al principio sin túnica debajo. Pero a medida que el Imperio iba extendiendo sus dominios, la toga fue ganando tamaño y peso, hasta convertirse en un incómodo armastote de unos cinco metros de largo por dos y medio de ancho, que costaba tanto dinero como un esclavo y dejaba el brazo izquierdo prácticamente inmovilizado bajo cuatro capas de tela. Era imposible ponérsela sin ayuda. Tertuliano dedicó un libro entero, titulado Sobre el manto, dirigido a convencer a sus compatriotas de que el manto griego era mucho más ligero y práctico. Y le hicieron caso: poco a poco, el uso de la toga se fue relegando a ceremonias y actos oficiales.

Las romanas de las películas suelen lucir túnicas transparentes, que dejan al descubierto un generoso escote y unos hombros seductores. Se trata de un error. Solamente las diosas de las estatuas podían mostrar tantos centímetros de carne.

Para la mujer romana, especialmente si era patricia y respetable, la norma básica de etiqueta era el pudor. Salía a la calle envuelta en su palla, un manto que la cubria de la cabeza a los pies, dejando a la vista únicamente el rostro y las manos. Bajo el manto, una túnica de manga corta, cosida sobre los hombros o atada en pequeños nudos hasta el antebrazo y ceñida bajo el pecho. Las casadas llevaban, además, una segunda túnica, la stola, larga hasta los pies.

En cuanto al peinado, desmelenarse no formaba parte del talante romano, se consideraba un signo de dejadez. El cabello suelto solo estaba bien visto en juicios y funerales, dos situaciones en las que descuidar el propio aspecto se interpretaba como una sana muestra de dolor.

Peinados romanos

La calvicie era una maldición para los romanos: se consideraba un signo de mala salud y debilidad, pero no estaba bien visto camuflarla con pelucas.

El rostro masculino, en cambio, debía estar pulcramente afeitado, hasta que Adriano revolucionó Roma dejándose crecer la barba en el año 117. Los emperadores sucesivos le imitaron.

Publio Elio Adriano

Constantino, en el siglo IV, volvió a afeitarse para parecerse a su antecesor Augusto. Juliano, que resucitó la barba a finales de ese siglo, escribió un libro, el Misopogon (en griego, literalmente, el odia barbas) para tachar de poco intelectuales a sus adversarios. El rostro rasurado se asociaba a la austeridad romana; la barba, a la sabiduría de los filósofos griegos.

El ideal de belleza en Roma pasaba por un cuerpo juvenil y un cutis impecable. De un hombre se esperaba que fuera musculoso y luciera un saludable bronceado, que muchos acentuaban tomando el sol desnudos en los baños. Las mujeres debían ser muy blancas, como correspondía a su vida doméstica, pero podían hacer ejercicio al aire libre, siempre que fuera en la palestra femenina de los baños públicos. Tampoco lo hacían completamente desnudas, sino con un conjunto de ropa interior muy semejante a nuestros bikinis.

Existían cremas antiarrugas, hidratantes y exfoliantes, elaboradas con miel, aceite de almendras, grasas animales y hasta excrementos de cocodrilo. Los envases se parecían a los nuestros: en el British Museum se conserva un tarro del siglo II que no desentonaría en una perfumería actual.

Fresco romano del s. III en el que puede apreciarse una joven vertiendo un aceite perfumado en un frasco.

Hombres y mujeres se depilaban, un servicio que se ofertaba en los baños, precursores de los modernos spas. Las mujeres, además de las pinzas, empleaban piedra pómez y productos abrasivos a base de arsénico.