Los caballeros hospitalarios llegaron a Malta en 1530 por parte de Carlos V para batallar contra el Islam. Entonces el archipiélago estaba escasamente fortificado y el terreno era muy árido. Aunque a estos caballeros no les gustaba el nuevo destino, no tuvieron más remedio que aceptarlo, ya que, no corrían buenos tiempos para ellos. Fueron expulsados de Rodas por los turcos en 1522, y desde entonces deambulaban por el Mediterráneo.

Aunque no les gustaba el nuevo lugar, Malta ofrecía dos ventajas. Por un lado se encontraban en medio del Mediterráneo y de las rutas navales que comunicaban el este  y el oeste del Imperio Otomano. Por otro, la isla mayor del archipiélago poseía un magnífico puerto natural.

Desde su llegada, los caballeros trabajaron en levantar una cadena de fortificaciones para defenderse de los corsarios. Fue en mayo de 1565 cuando a Malta llegaron más de 190 barcos sarracenos con más de 22.000 hombres, muchos más que los 8.500 soldados que fueron liderados por el Gran Maestre Jean Parisot de la Valette. Los hospitalarios consiguieron repeler una y otra vez los ataques. Aislados, muy disminuidos y ya casi sin munición ni víveres, los monjes guerreros vieron llegar como un milagro los refuerzos del virrey español de Nápoles.

La expulsión de los turcos fue posible tras cuatro meses de asedio masivo. El Gran Sitio dejó exhausta a la hermandad. Sin embargo, se convirtieron en los grandes héroes del momento en la cristiandad por su hazaña in extremis, los hospitalarios pronto contaron con la ayuda financiera de las Coronas católicas y el papado.

Por otro lado, el episodio bélico confirmó que los caballeros habían acertado al apiñar las defensas en torno al Gran Puerto. Aunque ya se había ideado anteriormente, se empieza a edificar una nueva ciudad fortificada, La Valletta, en honor del Gran Maestre. Las obras se iniciaron en marzo de 1566. Participaron unos 8.000 trabajadores, donde la mayoría eran esclavos que navegaron en las galeras de la orden.

La construcción de La Valletta comenzó por las fortificaciones y la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria. Después se trazaron las calles y tomaron forma edificios como el palacio del Gran Maestre, la Sacra Enfermería, los albergues para las diferentes nacionalidades de la cofradía o la concatedral de San Juan.

La orden estuvo fortificando el archipiélago hasta su expulsión en 1798 por Napoleón. Fueron casi tres siglos de obras continuas, que dejaron un patrimonio monumental como un ejemplo único de la evolución de la arquitectura defensiva durante la Edad Moderna. Un auténtico laboratorio en la materia que abarca 60 km de fortificaciones en una isla de apenas 246 km2.

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